sábado, 22 de abril de 2017

Democracia participativa y protagOnica o terrorismo

La puesta en venta de un libro nazi suscita vehementes protestas (y cae sobre él el peso de la ley), mientras que la venta de un libro comunista no suscita ningún comentario particular. Un antiguo nazi se convierte en alguien infrecuentable para siempre jamás, mientras que el hecho de haber sido comunista no acarrea ninguna pérdida de prestigio ni de status social, incluso para quienes nunca han expresado arrepentimiento alguno.
En cuanto a los crímenes del comunismo, todavía se acostumbra frecuentemente a no calificarlos de tales. Jean Daniel escribe por ejemplo que el comunismo estaliniano recurrió a «medios nazis», cuando
sería probablemente más adecuado a la verdad histórica decir que es el nazismo el que utilizó «medios comunistas», puesto que fue desde la época de Lenin, y por su expreso mandato, cuando el comunismo
se lanzó deliberadamente en la vía del crimen contra la humanidad como medio de gobierno.
Todos estos hechos, que se pueden establecer en páginas y más páginas, confirman que todavía en la actualidad, el nazismo suscita un horror que el comunismo, pese a sus crímenes, no produce. Lo que se plantea entonces es la cuestión de saber por qué.
Una razón más fundamental estriba en la alianza establecida durante la última guerra entre el estalinismo y las democracias occidentales, alianza que ha constituido el fundamento del orden internacional surgido de la derrota alemana de 1945.
A partir de 1941, la URSS participó al lado de los Aliados en la caída del nazismo. Obtuvo de ello un crédito moral que, luego, nunca dejó de explotar. Después de 1945, la victoria sobre el nazismo impidió cualquier interrogación sobre el totalitarismo vencedor, cualquier cuestionamiento de su legitimidad política y moral. Permitió a la memoria comunista construir su propia leyenda sin recibir la menor réplica.
Por otro lado, borra asimismo la especificidad del régimen soviético, al situarlo en el mismo campo que las democracias occidentales. De este modo desaparece por completo el parentesco entre el nazismo y el comunismo. El mundo queda dividido en «fascistas», cuyo abanderado es Alemania, y en «antifascistas», cuyo más destacado representante es la Unión Soviética. La alianza establecida durante la guerra consagrará esta dicotomía falsa, la cual acabará suscitando su propia historiografía.
El mito de la URSS «baluarte del antifascismo» permitía, por otra parte, identificar al comunismo, tanto en el plano nacional como en el internacional, con la defensa de los valores democráticos. De tal modo se mantenía la idea de que el comunismo no era otra cosa que una forma superior o perfeccionada de democracia. El antifascismo, por último, permitía desacreditar el anticomunismo. Si los comunistas se oponen al fascismo, e incluso se le oponen con mayor vigor que los demás, cualquier anticomunismo hace objetivamente el juego del fascismo (silogismo destinado a servir de conminación alternativa).
Dado que cualquier adversario del comunismo era considerado como potencialmente nazi, los métodos de terror soviéticos, también ellos santificados por el antifascismo, resultaban de tal modo mucho más excusables o comprensibles. En 1936, por solicitud de su presidente, Victor Basch, la Liga de los derechos humanos nombró una comisión de investigación sobre los procesos de Moscú. A su regreso de la URSS, dicha comisión concluyó que los acusados eran culpables. En el mismo momento, Bertot Brecht escribía: «Por lo que atañe a los procesos [de Moscú], sería absolutamente inadmisible adoptar una actitud hostil al gobierno de la Unión [Soviética] que los organiza, aunque sólo fuera porque tal actitud pronto se habría transformado, automática y necesariamente, en una actitud de hostilidad hacia el proletariado ruso amenazado de guerra por el fascismo mundial, así como hacia el socialismo que está edificando».
Totalitarismo: Culto de un jefe supremo surgido del pueblo, partido único que somete a su control la totalidad de la vida social, ideología sustraída a la discusión y erigida en verdad de Estado, movilización de las masas inmiscuyéndose en la vida privada, terror generalizado ejercido contra «enemigos del pueblo», monopolio absoluto de la información, absorción de todas las instituciones y del derecho.
Los vientos que mueven el molino: Esta actitud mental se basa en la fusión de dos elementos distintos: por un lado, una visión maniquea y mesiánica, de naturaleza «religiosa», y por otro en un
voluntarismo extremo, vinculado a una adhesión sin reservas a los valores de la modernidad.
Las ideologías modernas son religiones profanas. Se basan en conceptos teológicos secularizados. Esta constatación se aplica muy particularmente a los sistemas totalitarios, cuyo componente milenarista y mesiánico fue antaño transmitido sobre todo por las herejías cristianas. «doctrinas que ocupan en las almas de nuestros contemporáneos el lugar de la fe y sitúan aquí abajo, en la lejanía del futuro, la salvación de la humanidad en forma de un orden social por crear».
Todas las sociedades humanas, en la medida en que se cristaliza en ellas una cierta concepción del mundo, poseen en efecto una base de fundamentación ideológica, ya sea de modo implícito o interiorizado.
«Quien no está conmigo está contra mí», se lee ya en el Evangelio (Mat. 12, 30). En Lenin, este principio se convierte en: «O bien la ideología burguesa, o bien la ideología socialista. No hay punto intermedio». Kolakowski, refiriéndose al estalinismo, ha podido por ello hablar de «esquema de la única alternativa»; y Alain Finkielkraut, de «simplismo radical que asocia a un determinismo implacable un moralismo desencadenado».
Esta visión de un mundo dividido en dos corresponde en el comunismo al enfrentamiento del proletariado y de las clases explotadoras; en el nazismo, a la oposición entre los alemanes (o los arios) y los judíos, oposición visiblemente calcada de la de Cristo y de un Anticristo satánico. 1 En ambos casos, el Partido representa la quintaesencia del buen principio, puesto que se identifica con la parte más sana (social o racialmente) del pueblo —la parte «elegida», que tiene una misión histórica
y metafísica que cumplir en la medida en que posee una conciencia de raza superior o representa la vanguardia del proletariado— y que, como tal, prefigura la totalidad del pueblo del futuro. Al Partido le corresponde, así pues, luchar por todos los medios en contra del principio dañino. La política se convierte, de tal modo, en una guerra de religión de carácter apocalíptico emprendida contra las fuerzas del mal. En ambos casos, estamos ante una teoría que formula «una doctrina salvadora en pro de una colectividad elegida, raza alemana o proletariado mundial» (Philippe Burrin).
Por tal razón, en los regímenes totalitarios tiene que suprimirse todo lo que distingue a los individuos entre sí, todo lo que se interpone entre los individuos y el poder — supresión que puede efectuarse tanto más fácilmente cuanto que, «en la medida en que hay homogeneidad, la unidad como tal es simplemente desdeñable; sustraer a la totalidad una unidad, o el número que sea de unidades, no afecta para nada a la totalidad como tal».
Las tiranías clásicas se contentan con adueñarse de los cuerpos y controlar la expresión de las opiniones, mientras que el totalitarismo —he ahí otro rasgo que lo acerca a los sistemas religiosos— pretende poseer también las almas. Tal es el motivo por el que, si bien las tiranías clásicas suprimen el pluralismo político, siguen siendo compatibles con un cierto pluralismo social. El totalitarismo, por el contrario, intenta reducir a unidad toda la realidad social. Pretende suprimir la exuberante contingencia de lo social; es decir, la libre expresión de los antagonismos que se derivan de la diversidad humana, así como la posibilidad de resolverlos en forma de confrontación democrática.
Se trata, en realidad, de hacer desaparecer lo aleatorio, lo imprevisible, lo espontáneamente irracional: todo aquello que obstaculiza el que la gestión de la sociedad se haga por completo según el espíritu de
cálculo.
«El santo terror, cualquiera que sea la época en que aparece —subraya D. C. Rapoport—, está habitualmente ligado al mesianismo.»
Un fin absoluto justifica, en efecto, que se recurra a todos los medios. Por terribles que sean, estos medios resultan aceptables a la vista del carácter sublime, del ideal inconmensurable del objetivo perseguido. Lo grandioso del objetivo justifica que se actúe de forma implacable frente a quienquiera obstaculice este objetivo, que se le oponga un odio total, sin tregua ni matices. La pretensión de combatir en nombre de la «humanidad» — como hemos visto— aún refuerza más esta disposición mental: quien se opone a la humanidad es necesariamente no humano. Lo mismo ocurre con la convicción de que el mal no reside en el hombre, sino en la sociedad: así como en un clima igualitario cualquier desigualdad resulta insoportable, así también si el hombre es intrínsecamente bueno, «el menor culpable es un monstruo espantoso».
Lenin hablaba de «limpiar» a Rusia de sus «parásitos» y demás «insectos dañinos». Jean- Paul Sarte dirá que «todo anticomunista es un perro».
Un rasgo característico del terror totalitario es que alcanza su punto culminante cuando el régimen ya no tiene adversarios, redoblándose cuando ya no tiene razón deser. A estos sistemas no les basta con hacer desaparecer toda oposición.
Paradójicamente, les hace falta al mismo tiempo hacerla desaparecer y volver a crear una oposición, incluso ficticia, para que su existencia todavía tenga sentido; es decir, para que puedan seguir presentándose como estando legitimados a proseguir su misión.
Por ello, cuando ya no hay más oponentes, lejos de bajar la guardia, los vuelven a crear ellos mimos, atribuyendo tal papel a aquellos de sus partidarios de quienes sospechan que no son lo bastante fiables o a los que no encuentran suficientemente «claros».
Es esta persistencia del terror cuando ha perdido toda «utilidad» normalmente concebible lo que explica que los regímenes totalitarios no logran estabilizarse, sino que siempre se ven obligados a huir hacia adelante. «En una primera fase —explica Maurice Weyembergh
, [la policía política] se contenta con liquidar a quienes se oponen al régimen; en una segunda fase, la emprende contra los “enemigos objetivos” y remplaza la “culpa sospechada” por el “crimen posible”. En una tercera fase, en la que culmina el terror [...], el enemigo objetivo es remplazado por quienquiera que sea». El totalitarismo institucionaliza de tal modo la guerra civil. Y como los enemigos pronto se convierten en
enemigos metafísicos, las posibilidades de purga se hacen ipso facto inagotables. «El terror propiamente dicho —escribe Claudo Polin— comienza a existir cuando en cualquier momento a todos se les puede decretar
culpables sin haber transgredido ley alguna.»
Desde este punto de vista, no erraba la Escuela de Francfort al considerar que el nazismo no hubiera sido posible sin el racionalismo de la Ilustración, al que sin embargo pretendía combatir. La preeminencia de la técnica, la dominación cada vez mayor del mundo por parte del hombre, así como el
reino de la subjetividad burguesa constituyen, según Theodor Adorno y Max Horkheimer, un conjunto indisociable de la comprensión del sistema concentracionario. El totalitarismo, en efecto, sólo puede aparecer cuando el
conocimiento ha quedado identificado con la «calculabilidad del mundo» y se han suprimido todas las estructuras «opacas» que obstaculizaban anteriormente el irresistible avance hacia el dominio total. Desde 1939,
Horkheimer escribía que «el orden nacido en 1789 como un camino hacia el progreso llevaba consigo la tendencia al nazismo».
Agregaba que el nazismo «es la verdad de la sociedad moderna» y que combatirlo «reivindicando el pensamiento liberal equivale a apoyarse en lo que le ha permitido imponerse». Augusto Del Noce también ha descrito la modernidad como una cultura «intrínsecamente totalitaria», mientras que
Michel Foucault hablaba a propósito del nazismo de «racionalidad de lo abominable». Zigmunt Baumann también afirma que es «el mundo racional de la civilización moderna» el que ha hecho al mismo tiempo posible y concebible unas persecuciones antisemitas que no han «representado tan sólo el remate tecnológico de la sociedad industrial, sino también la culminación organizativa de las sociedad burocráticas». Las masacres cometidas por los regímenes totalitarios han representado formas extremas de racionalidad instrumental, que se derivan directamente de la transformación moderna del hombre en objeto. En ello es en lo que se distinguen radicalmente de todas las masacres anteriores.
«El mismo espíritu centralizador; la misma obsesión de la unidad-bloque; la misma exaltación de la nación considerada como misionera de una idea; el mismo sentido de las fiestas simbólicas para la educación de los espíritus».
Kojève ya había puesto de relieve que «el lema hitleriano: “Ein Reich, ein Volk, ein Führer” [Un Imperio, un Pueblo, un Jefe] no es otra cosa que una —mala— traducción al alemán del lema de la Revolución Francesa: “La République une et indivisible” [La República una e indivisible]». «Lenin no escondió en lo más mínimo lo que debía a los jacobinos; Hitler, lo que debía a Lenin», señala por su parte Jules Monnerot.
Si el marxismo y el nacionalsocialismo —agrega— son igualmente totalitarios, es por lo que les une: es porque ambos provienen de esta
modernidad radical que, por sus presupuestos históricos y antropológicos, no podía sino acabar en la pesadilla.
Más allá de la alianza establecida con Stalin durante la última guerra, la causa final de la incapacidad de las democracias occidentales para sancionar el comunismo parece estribar, así pues, en el parentesco no reconocido que, derivado de la genealogía de la modernidad, las une a él. Es la percepción más o menos clara de este parentesco lo que explica que el comunismo soviético haya podido ser considerado como una prolongación del socialismo, o incluso como una aplicación más rigurosa de la democracia. Como ha observado Ernst Nolte, la distinción entre un comunismo bueno al menos en sus intenciones y un nazismo malo hasta en las suyas traiciona implícitamente la idea de que las democracias
liberales y el comunismo comparten a fin de cuentas el mismo ideal, distinguiéndose tan sólo por la forma de realizarlo. Las democracias liberales, dicho de otro modo, no pueden dejar de reconocerse en los anhelos igualitario-universalistas del comunismo. Ésta es la razón de que, aun condenando los medios a los que recurrió, tienden espontáneamente a
pensar que su ideal al menos era bueno, y a creer que denunciar los crímenes del comunismo equivale a hacer el juego de quienes no comparten este ideal común.
Todo el equívoco aparece tan pronto como, con un mismo gesto, la democracia liberal condena el totalitarismo soviético, a la vez que se proclama, como él, heredera de la Revolución Francesa. Se pone de tal modo de manifiesto que la democracia liberal y el comunismo representan dos corrientes distintas surgidas de la misma ideología de la Ilustración: la primera aspira a un «progreso» que se efectuaría por sí mismo, dentro del
respeto de los derechos humanos, mientras que la segunda corriente hace de la acción revolucionaria el medio de precipitar el cumplimiento de un sentido de la historia que también está orientado hacia el «progreso».
Supone una forma de determinismo social hacia el que los hombres tienden irresistiblemente y que aceptarán forzosamente un día. Postula de tal modo un sistema exclusivo y el único válido, que surgirá cuando
haya desaparecido todo lo que no está justificado por la razón y la utilidad». Otro punto común: el historicismo; es decir, la idea de que la historia posee un sentido global y que se puede ofrecer una representación
racionalmente convincente de la misma.
Una importante consecuencia se deriva de este parentesco que acabamos de ver entre el totalitarismo y las democracias burguesas: las democracias liberales no están en absoluto inmunizadas, por su propia naturaleza, contra el totalitarismo. Digan lo que digan sus representantes, también ellos están amenazados de caer en el totalitarismo, de igual forma que 1789 condujo a 1793. Por un lado, las democracias siempre pueden usar medios antidemocráticos: durante la última guerra, las democracias liberales, para doblegar al Japón imperial y a la Alemania nazi, no retrocedieron ante deliberadas y masivas masacres de poblaciones civiles (Dresde, Hiroshima,
Nagasaki).
Aunque con otros métodos, el mercado, la técnica y la comunicación afirman hoy lo que los Estados, las ideologías y los ejércitos afirmaban ayer: la legitimidad de la dominación completa del mundo. También aquí está presente el fantasma de transparencia y de dominio total, actuante en los sistemas totalitarios. La sociedad liberal sigue reduciendo el hombre al estado de objeto, cosificando las relaciones sociales, transformando a los ciudadanos-consumidores en esclavos de la mercancía, reduciendo todos los valores a los de la utilidad mercantil. Lo económico se ha adueñado hoy de la pretensión de lo político a poseer la verdad última de los asuntos humanos. De ello se deriva una progresiva «privatización» del espacio público que amenaza conducir al mismo resultado que la «nacionalización» progresiva del espacio privado por los sistemas totalitarios.
«Desde este punto de vista — escribe— la utopía de una sociedad comunista de abundancia, que ansía conseguir el pleno desarrollo del individuo se sitúa en la visión liberal».
También se constata que, en las sociedadesliberales, la normalización no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. La censura por el mercado ha sustituido a la censura política. Ya no se deporta o fusila a los disidentes, sino que les marginaliza, ninguneándolos o reduciéndolos al silencio. La publicidad ha tomado el relevo de la propaganda, mientras
que el conformismo toma la forma del pensamiento único. La «igualización de las condiciones» que le hacía temer a Tocqueville que hiciese surgir un nuevo despotismo, engendra mecánicamente la estandardización de los gustos, los sentimientos y las costumbres. Las costumbres de consumo
moldean cada vez más uniformemente los comportamientos sociales.
Y el acercamiento cada vez mayor entre los partidos políticos conduce, de hecho, a recrear un régimen de partido único, en el que las formaciones
existentes casi sólo representan tendencias que ya no se oponen sobre las finalidades, sino tan sólo sobre los medios a aplicar para difundir
los mismos valores y conseguir los mismos objetivos. No ha cambiado el empeño: se sigue tratando de reducir la diversidad a lo Mismo.
«El universo totalitario de la racionalidadtecnológica constituye la más reciente encarnación de la idea de razón», afirmaba ya Herbert Marcuse. Ernst Nolte, en su último libro, no duda en trazar el perfil de un
«liberalismo totalitario».
Marx celebra, es cierto, en el Manifiesto de 1848, «la guerra civil, más o menos oculta, que trabaja a la sociedad hasta el momento en que esta guerra estalla en una revolución abierta y en la que el proletariado establece las bases de su dominación mediante el derrocamiento violento
de la burguesía». Sin embargo, ello todavía no nos dice nada sobre cuál habría sido concretamente, un siglo después, su actitud frente al Gulag. En este campo se impone, así pues, la prudencia. Una cosa es decir que
quienes establecieron el terror en la Unión Soviética se reclamaban de Marx; y otra cosa es afirmar que las ideas de Marx no podían sino
conducir a este terror (o que Marx lo habría expresamente querido y aprobado). Ninguna doctrina puede ser juzgada únicamente sobre la base de los actos cometidos por quienes se han reclamado de ella. Y al revés, ningún crimen cometido en nombre de una idea podrá bastar nunca para desacreditar completamente esta idea. Es por ello por lo que, para juzgar una experiencia histórica, hay que partir de los propios hechos, y no de una moral de las intenciones.
El antifascismo contemporáneo constituye, ante todo, una expresión de la pereza intelectual, pues siempre resulta más fácil identificar los males del pasado que darse cuenta de los del presente. En un mundo que ha aprendido a desconfiar de la idea de un bien absoluto, pero que sigue sintiendo más necesidad que nunca de un mal absoluto, el antifascismo representa, por otra parte, una cómoda forma de profesar
una moral mínima.
«La posteridad —decía también François Furet— se asombrará sin duda de que las democracias hayan inventado tantos fascismos y amenazas fascistas después de que los fascismos hubieran sido vencidos.
Ello se debe a que, si la democracia estriba en el antifascismo, le resulta necesario a la misma vencer a un enemigo constantemente renaciente» Hacer de un fascismo imaginario una omnipotente amenaza permite hacer aceptar todas las taras, todas las patologías del mundo actual como un mal menor frente al «mal absoluto».

Alain De Benoist texto completo Comunismo y Nazismo aquI 






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