domingo, 20 de mayo de 2012

BELLAS ARTES


Eran las once de la mañana, la luz, una fiesta sobre la altísima torre Norte. Dentro alguien dice:
-No queremos sus teléfonos o cámaras, sólo queremos su dinero.
El hombre, de un metro ochenta, habla desde la puerta. De un brinco una joven se levanta de su asiento, pasa bajo el brazo del maleante e intenta bajar del transporte en movimiento.
Desde atrás:
-Déjala bajar,  es capaz de lanzarse y no queremos que se haga daño.
El chofer, indiferente a lo que ocurre, sigue luchando contra el tráfico,  frena y acelera nerviosamente.  La joven, lo intenta, pero no se atreve a lanzarse.
Discretamente guardo la cámara.
Los pasajeros, sin sorpresa, sacan monedas y billetes de baja denominación que entregan a los representantes de esta  modalidad asalto mendicante. Observo la situación: dar o no dar, es el dilema.
La joven finalmente sincroniza su miedo con el del chofer y en un toque de freno se lanza al asfalto y huye.
Entrego un bolívar a las fieras.
-Pendeja, casi se mata, nosotros no queremos hacerles daño, solo queremos dinero.
La bestia continúa obstruyendo el paso, mientras el contrahecho  toma la limosna exigida.
El chofer frena y bajan sin dificultad, luego agrega.
-El otro día alguien dijo que yo soy cómplice, que estoy de acuerdo con ellos.
Silencio.
-Es más fácil estar de parte de los violentos que de los inocentes.
El viejo chofer, cabeza de nube, continúa por sus fueros.