lunes, 9 de enero de 2017

Audre Lorde

Hubo algo de lo que siempre saqué fuerzas, y no se puede llamar valentía ni coraje, a no ser que esto sea el material del que están hechos la valentía y el coraje; me refiero a la sensación de que puesto que soy vulnerable en muchísimos aspectos y no puedo dejar de serlo, al menos no voy a aumentar mi vulnerabilidad poniendo en manos de mis enemigos las armas del silencio.

¿Q UÉ ES LO QUE APRENDISTE DE TU MADRE ?
La importancia de la comunicación no verbal, por debajo del lenguaje. Expandí mi vida gracias a ella. Al propio tiempo, como vivía en este mundo, no quería emplear el lenguaje igual que mi madre. Ella tenía una relación curiosa con las palabras: cuando una palabra no le servía o no poseía la fuerza suficiente, sencillamente inventaba otra, y esas palabras inventadas pasaban a formar parte del lenguaje familiar, y ay de aquel que las olvidara. Pero creo que mi madre me enseñó algo más... que había un poderoso mundo de comunicación y contacto no verbal entre las personas, un mundo que era absolutamente esencial y había que aprender . A descifrar y a emplear. Uno de los motivos de que me costara tanto hacerme mayor fue que mis padres, y en particular mi madre, siempre esperaban que supiera lo que sentían, mi madre esperaba que lo supiera sin necesidad de decírmelo. Y a mí me parecía natural. Mi madre esperaba que lo supiera todo, aunque no se lo hubiera oído decir...
Frances y yo estábamos pensando en asistir a un congreso de feminismo y lesbianismo este verano, pero nos comunicaron que no se permitía la asistencia de niños varones mayores de diez años, lo cual nos planteaba problemas filosóficos a la par que logísticos; así pues, enviamos la siguiente carta:

Hermanas:
Diez años de convivencia como pareja lesbiana interracial nos han enseñado los peligros que entraña una perspectiva excesivamente simplista sobre el carácter y las soluciones de cualquier tipo de opresión, así como el peligro inherente a toda visión incompleta.
Nuestro hijo de trece años representa una esperanza tan grande para el mundo futuro como nuestra hija de quince años, y no estamos dispuestas a abandonarlo en las calles asesinas de Nueva York mientras viajamos al oeste para contribuir a crear una visión feminista-lesbiana de un mundo futuro en el que todos podamos sobrevivir y florecer. Confío en tener la oportunidad de proseguir este diálogo en un futuro próximo, pues lo considero importante para nuestra visión y para nuestra supervivencia.

El problema de la segregación dista mucho de ser sencillo. Estoy agradecida por tener un hijo varón, ya que eso me ayuda a mantener una actitud honesta. Cada una de las líneas que escribo proclama que no hay soluciones fáciles.


Los hombres que tienen miedo a los sentimientos necesitan que haya mujeres a su alrededor para que sientan por ellos y, al propio tiempo, desprecian a las mujeres por la supuesta “inferioridad” que representa la capacidad de sentir profundamente. Pero, de esta forma, los hombres renuncian a su humanidad esencial y quedan atrapados en la dependencia y el miedo.

Jonathan tenía tres años y medio cuando conocí a Frances, mi amante; tenía siete cuando empezamos a vivir todos juntos de manera estable. Desde el principio, Frances y yo nos empeñamos en que en nuestra casa no hubiera secretos con respecto a que éramos lesbianas, y eso ha sido una fuente de problemas y de fortaleza para los dos niños. Adoptamos esa actitud porque sabíamos que todo lo que ocultáramos por miedo podría ser usado en contra de los niños o en contra nuestra; es una justificación de la franqueza imperfecta pero práctica. Conocer el miedo nos ayuda a ser libres.

Cuando Jonathan tenía ocho años y estaba en tercer grado nos mudamos, y él empezó a asistir a otro colegio donde le hacían la vida imposible por ser novato. A Jonathan no le gustaban los juegos violentos. No le gustaba pelearse. No le gustaba tirarles piedras a los perros. Y todo esto lo convirtió enseguida en una víctima fácil.

Una tarde en que mi hijo llegó a casa llorando, mi hija Beth me explicó que los gamberros del barrio siempre obligaban a Jonathan a volver a casa corriendo cuando ella no estaba presente para defenderlo. Y cuando me enteré que el jefe de la banda era un niño de la clase de Jonathan y de su tamaño, me sucedió algo curioso y muy inquietante. La rabia inspirada por mi impotencia de antaño y el dolor de ver el sufrimiento de mi hijo me hicieron olvidar todo lo que sabía de la violencia y el miedo, y empecé a culpar a la víctima, echándole la bronca al lloroso Jonathan. “La próxima vez que vengas aquí llorando...”, de pronto me interrumpí horrorizada.

Así es como permitimos que empiece a obrar la destrucción de nuestros hijos; con la justificación de que queremos protegerlos y aliviar nuestro dolor. ¿Cómo voy a dejar que peguen a mi hijo? Estuve a punto de exigirle a Jonathan que aprendiera esa primera lección sobre la corrupción del poder: que el más fuerte es quien tiene la razón. Me oí comenzando a perpetuar la vieja falacia relativa a la fuerza y la valentía supuestamente verdaderas.

A nuestros hijos les cuesta acostumbrarse a la idea de que sus padres no somos omnipotentes, y a los padres también nos resulta difícil aceptarlo. Sin embargo, esa toma de conciencia es el primer paso necesario para reevaluar el poder en términos diferentes a la fuerza, la edad, el privilegio o la falta de miedo. Es un paso importante para un chico, pues su destrucción social comienza cuando se le obliga a creer que sólo puede ser fuerte si no siente o si vence.

La lección más poderosa que puedo enseñar a mi hijo es la misma que enseño a mi hija: cómo ser quien desea ser. Y el mejor método para enseñársela es ser yo misma y confiar en que él aprenda no a ser como yo, lo cual es imposible, sino a ser él mismo. Para ello tendrá que prestar atención a su voz interior en lugar de a las voces exteriores, estridentes, persuasivas, amenazadoras, que le presionan para que sea lo que el mundo quiere que sea.

Los padres blancos nos dijeron "Pienso existo". La madre Negra que todas llevamos dentro, la poeta, nos susurra en nuestros sueños: "Siento, luego puedo ser libre”. La poesía acuña el lenguaje con el que expresar e impulsar esta exigencia revolucionaria, la puesta en práctica de la libertad.

Cada vez estoy más convencida de que es necesario expresar aquello que para mí es más importante, es
necesario verbalizaría y compartirlo, aun a riesgo de que se interprete mal o se tergiverse. Creo que, por
encima de todo, hablar me beneficia. Estoy aquí en calidad de poeta Negra y lesbiana, y la importancia de mi presencia radica en el hecho de que aún estoy viva y podría no estarlo.

Nuestros sentimientos no estaban llamados a sobrevivir en una estructura de vida definida por el beneficio, por el poder lineal, por la deshumanización institucionalizada. Los sentimientos se han conservado como adornos inevitables o como agradables pasatiempos, con la esperanza de que se doblegaran ante el pensamiento tal y como se esperaba que las mujeres se doblegaran ante los hombres. Pero las mujeres han sobrevivido. Y también los poetas. Y no hay nuevos dolores. Ya los hemos sentido todos. Los hemos escondido en el mismo lugar donde tenemos oculto nuestro poder. Ambos afloran en los sueños, y los sueños nos señalan el camino de la libertad. Podemos plasmar los sueños en nuestros poemas pues éstos nos dan la fortaleza y el valor de ver, de sentir, de hablar y de ser audaces.

¿De qué he sentido miedo alguna vez? De preguntar o de hablar por creer que iba a hacer daño,
o a provocar una muerte. Pero siempre nos estamos haciendo daño de una manera u otra, y el dolor termina por transformarse o por cesar. La muerte es, por otra parte, el silencio definitivo. Y puede presentarse en cualquier momento, ahora mismo, tanto si he dicho lo que era necesario decir como si me he traicionado incurriendo en pequeños silencios a la vez que planeaba llegar a hablar algún día, o esperaba a que me llegaran palabras prestadas. Con todo esto, empecé a vislumbrar una fuente interna de poder que deriva de saber que, si bien lo más deseable es no sentir miedo, también se puede obtener una gran fortaleza aprendiendo a analizar el miedo.

Ni qué decir tiene que tengo miedo, porque la transformación del silencio en palabras y obras es un proceso de autorrevelación y, como tal, siempre parece plagado de peligros. Cuando le expliqué el tema que íbamos a tratar en este encuentro, mi hija me dijo: "Háblales de por qué nunca se llega a ser por completo una persona cuando se guarda silencio, porque en tu fuero interno siempre hay una parte de ti que quiere hacerse oír y, cuando te empeñas en no prestarle atención, se va acalorando más y más, se va enfureciendo, y si no le das salida, llegará un momento en que se rebelará y te pegará un puñetazo en la boca desde dentro".

Y que la visibilidad que nos hace vulnerables es también nuestra principal fuente de poder. Porque la maquinaria tratará de trituraros en cualquier caso, tanto si habláis como si calláis. Podemos permanecer eternamente mudas en un rincón mientras nuestras hermanas y nosotras mismas nos consumimos, mientras se deforma y destruye a nuestros hijos, mientras se envenena nuestra tierra; podemos quedarnos en nuestro protegido rincón, mudas como muebles, y no por ello sentiremos menos miedo.

Este año, en mi casa, hemos celebrado Kwanza, la festividad afroamericana de la cosecha, que comienza el día siguiente a Navidad y dura una semana. En Kwanza se conmemoran siete principios, uno cada día. El primero es Umoja, que significa unidad, la decisión de luchar por la unidad del ser y de la comunidad y mantenerla. El principio que correspondía al día de ayer, el segundo, era Kujichagulia, la autodeterminación, la decisión de definirnos, de nombrarnos y de hablar en nombre propio en lugar de permitir que otros nos definan y hablen en nuestro nombre. Hoy es el tercer día de Kwanza y el principio correspondiente es Ujima, trabajo y responsabilidad colectivos, la decisión de cooperar en la construcción de nuestro ser y de nuestra comunidad, y de identificar y resolver los problemas entre todos.

Y cuando las palabras de las mujeres se dicen a voces para que sean escuchadas, es responsabilidad de cada una de nosotras hacer lo posible por escucharlas, por leerlas y compartirlas y analizarlas para ver cómo atañen a nuestras vidas. Es nuestra responsabilidad no refugiarnos tras las parodias de la segregación que nos han impuesto y que a menudo hemos aceptado como propias. Por ejemplo: “¿Cómo voy a enseñar a escribir a mujeres Negras ... si su experiencia es totalmente distinta de la mía?" Y, sin embargo, ¿cuántos años lleváis enseñando las obras de Platón, Shakespeare o Proust? O, por ejemplo, "Pero si es una mujer blanca, ¿qué me va a decir?” O “Es lesbiana, ¿qué diría mi marido, o mi jefe?" O "Esta mujer escribe sobre sus hijos y yo no tengo hijos". Y así interminablemente, son tantas y tantas las maneras en que nos separan de nosotras mismas y de las demás.

El hecho es que estamos aquí y que pronunciamos estas palabras en un intento de romper el silencio y de reducir nuestras diferencias, pues no son las diferencias las que nos inmovilizan sino el silencio. Y hay multitud de silencios que deben romperse.

Los ataques contra el lesbianismo se están empleando hoy día en la comunidad Negra con objeto de ocultar el verdadero rostro del racismo/sexismo. Las mujeres Negras que están unidas entre sí por fuertes vínculos, ya sean políticos o emocionales, no son enemigas de los hombres Negros. Sin embargo, con harta frecuencia, algunos hombres Negros tratan de dominar por el miedo a esas mujeres Negras que, en realidad, no son sus enemigas sino sus aliadas. Esta táctica se materializa en amenazas de rechazo emocional: “Su poesía no estaba del todo mal, pero no había quien aguantara a esa panda de tortilleras”. Al hablar así, el hombre Negro está advirtiendo veladamente a toda mujer Negra presente e interesada en tener una relación con un hombre (como lo está la mayoría) que: 1) si desea que él tome en consideración lo que hace debe evitar toda alianza que no sea la que tiene con él; y que 2) cualquier mujer que aspire a conservar su amistad y/o su apoyo, hará bien en no dejarse "corromper" por los intereses específicos de las mujeres.

A menudo el rotundo mensaje que los hombres Negros transmiten a las mujeres Negras es: "Soy el único trofeo que merece la pena ganar, un bien escaso, y no vayas a olvidarte de que tengo otros recursos. De manera que si aspiras a estar conmigo, ya puedes quedarte quietecita en tu sitio, es decir, separada de tus amigas, si no te llamaré 'lesbiana' y no querré saber nada de ti''. Las mujeres Negras estamos programadas para definirnos en función de las exigencias de los hombres y para competir entre nosotras en lugar de identificar nuestros intereses y centrarnos en ellos.

La dicotomía entre lo espiritual y lo político es asimismo falsa, ya que deriva de una falta de atención a nuestro conocimiento erótico. Pues el puente que conecta lo espiritual y lo político es precisamente lo erótico, lo sensual, aquellas expresiones físicas, emocionales y psicológicas de lo más profundo, poderoso y rico de nuestro interior, aquello que compartimos: la pasión del amor en su sentido más profundo.

Otra función importante de la conexión erótica es que hace resaltar con sinceridad y valentía mi capacidad de gozar. Así como mi cuerpo reacciona a la música relajándose y abriéndose a ella, atento a sus más profundos ritmos, todo aquello que siento me abre a la experiencia eróticamente satisfactoria, ya sea al bailar, al montar una estantería, al escribir un poema o al analizar una idea.

Sí, existe una jerarquía. No es lo mismo pintar la verja del jardín que escribir un poema, pero la diferencia sólo es cuantitativa. Y, para mí, no hay diferencia alguna entre escribir un buen poema o tenderme al sol junto al cuerpo de una mujer a la que amo.

Nuestras hijas nos tienen a nosotras, ya sea para compararse, para rebelarse, para modelarse o para soñar: pero los hijos de lesbianas deben realizar su propia definición del ser masculino. Ello les hace fuertes y a la vez vulnerables. Los hijos varones de lesbianas han recibido de nosotras un programa de acción para la supervivencia y eso es una ventaja, pero a ellos les corresponde la tarea de trasladar esos conocimientos al ámbito de su masculinidad. Ojalá la diosa sea amable con mi hijo Jonathan.

La repugnancia que refleja el rostro de una mujer que va a mi lado en metro, mientras retira su abrigo de mí y yo creo que ha visto una cucaracha. Pero veo odio en sus ojos porque quiere que lo vea, porque quiere que me entere, de la única manera en que puede enterarse una niña, de que en su mundo no hay sitio para alguien como yo. Si yo fuera mayor, probablemente me habría reído, o habría refunfuñado, o me habría sentido dolida al comprender lo que pasaba. Pero tengo cinco años. Lo veo, me consta, pero no sé nombrarlo, de manera que la experiencia queda incompleta. No es dolor; se convierte en sufrimiento.




viernes, 6 de enero de 2017

La Diversificación de la Espiritualidad Teresa Forcades

El predominio de la capacidad de amar sobre la capacidad de pensar se considera propia de los seres inferiores, de esos “otros” necesarios a la identidad moderna. Así, las mujeres, los indígenas, los negros, los artistas, los homosexuales y todos los fracasados en la carrera hacia el pro- greso se conciben como víctimas del desorden interior que supone permitir que los sentimientos nos dicten la conducta, que el corazón domine sobre la cabeza.

Por un lado encontramos, como hemos visto, las espiritualidades de liberación que frecuentemente reproducen en su funcionamiento interno las exclusiones del régimen que pretenden superar. Ejemplo conocido es la falta de una articulación satisfactoria de la opresión de las mujeres o de los homosexuales en los grupos pertene-cientes a las teologías o espiritualida- des de la liberación de orientación socio-política. O también la falta de una articulación satisfactoria de la opresión de los pobres en ciertas espiritualidades feministas o de liberación gay-lesbiana.

El hecho de que las espiritualidades del retorno a la interioridad no tengan suficientemente en cuenta la realidad de la exclusión social,patriarcal, racial, sexual, las condena a la irrelevancia social, a quedar limitadas a la esfera de lo privado. Cuanto más separadas se encuentranla conciencia social y la conciencia interior, más se limita la fuerza trans- formadora de la experiencia espiritual. En su sencillez, no es esta tarea fácil para la conciencia moderna. La amenaza de la irracionalidad, de la pérdida de control se cierne sobre el principiante que se dispone a adentrarse más allá de los límites más o menos luminosos de lo pensable. Es éste un trayecto que debe recorrerse en solitario y los gurus de la espiritualidad terapéutica saben muy bien que este énfasis en la propia individualidad conecta de forma muy profunda con la crisis de identidad del sujeto contemporáneo y su superego compensador. No hay dos caminos iguales. Nadie puede dictarte desde fuera tu camino. Nadie puede recorrerlo por ti.
Presentaremos a continuación tres espiritualidades concretas de acuerdo con las líneas de análisis expuestas en esta primera parte. He escogido para el análisis tres espiritualidades de las cuáles tengo experiencia directa: las espiritualidades terapéuticas (soy médico y defendí apenas hace un año la tesis doctoral en salud pública sobre el tema de las medicinas alternativas), las espiritualidades feministas (soy feminista y aplico la perspectiva de género en mis estudios de teología) y las espiritualidades monásticas (soy monja benedictina).

Culto a a Belleza María Milagros Rivera Garretas

La belleza femenina se muestra en la apariencia del cuerpo, o sea, en el modo en el que el cuerpo aparece, tanto si la belleza nace de la felicidad, de la inteligencia, de la armonía espiritual, de haber cumplido con el legado de la madre o de unas formas perfectas. La apariencia o aparición genuina es, sin embargo, la de la criatura humana en el momento de ser dada a luz por su madre, compareciendo en el mundo. En griego la llamaron parousía, que significa “presencia”. Esta palabra la tomó el cristianismo para referirse a la “segunda venida” o llegada gloriosa de Cristo para juzgar el mundo el día del Juicio Final.

El Dios de las mujeres no es Dios Padre sino Emmanuel, el Dios encarnado en cada criatura, el que está en mí y en lo otro de mí (Muraro, 2003). Cuando una mujer, por los motivos que sean, pierde el sentido de lo divino en ella, teme perder su belleza y, entonces, le tientan los ídolos del mercado. Tiende a abdicar su divino en la ciencia. Entonces, Dios se ausenta. La apariencia del cuerpo femenino se convierte en una mercancía con la que unos y otros comercian. Se discute si la mujer se adorna para los hombres, para las mujeres o para ella misma, olvidando a lo otro que está ya dentro de ella.

La mujer, en realidad, no puede abdicar de su divino en nadie mas que en ella, o sea, en lo otro que está dentro de ella. Emily Dickinson (1998) lo sabía y lo escribió en un poema difícil que dice: Me from Myself –to banish– / Had I Art – / Impregrable My Fortress / Unto All Heart – [...] And since We’re Mutual Monarch / How this be / Except by Abdication – / Me – of Me?

Si de desterrarme –de Mí–
El Don tuviera –
Mi Fortaleza sería inexpugnable
A Todo Corazón –
[...]
Y pues somos Monarca Mutua
¿Cómo puede ser esto
Si no es por Abdicación –

De Mí – en Mí?

Tal vez por eso, la apariencia del cuerpo de las mujeres ha sido, en la¡ Europa cristiana, una cuestión teológica, es decir, una cuestión relativa a Dios. En esa época, los teólogos discutieron incansablemente si era pecado que una mujer se adornara. Y concluyeron que sí. Para argumentarlo, escribieron en latín muchos tratados titulados De ornatu (Sobre el adorno).

La condena cristiana del adorno femenino es misoginia y, al mismo tiempo, es sensibilidad pura a la diferencia sexual y a la asimetría de los sexos. Es únicamente el cuerpo de las mujeres el que trae al mundo algo divino, algo propio de Dios, algo que da mucho que pensar y que temer porque encarna un poquito de esos atributos suyos de mucho peso, como eterno, omnisciente y omnipotente. Efectivamente, en la cadena de mujeres y de madres que forman la genealogía femenina que vincula el pasado con el futuro, hay una encarnación de la eternidad; la madre conoce y transmite lo simbólico, la ciencia divina de la lengua materna; y la potencia de la capacidad de ser dos con que nace el cuerpo de mujer puede decidir y decide sobre la vida y la no vida, siendo, en este sentido, omnipotente.

La moral cristiana intenta detener el hacer simbólico de una mujer porque, en la Europa anterior a la Ilustración, la Iglesia se erigió en garante del orden simbólico, usurpándole su lugar a la madre que nos enseña a hablar. Una mujer puede hacer y hace orden simbólico con su apariencia y su presencia.

Porque ocurre siempre algo imprevisto cuando una mujer entra en una habitación: “Una entra en la habitación...: pero habría que tensar mucho los recursos de la lengua inglesa y oleadas enteras de palabras tendrían que abrirse ilegítimamente a bandazos camino de existencia, antes de que una mujer pueda decir lo que ocurre cuando ella entra en una habitación”, escribió Virginia Woolf en Un cuarto propio (2003: 122-123). Lo que la belleza suscita en los intercambios ha sido llamado, durante siglos, admiración. La admiración se-duce (saca de sí), llevando a quien la siente más allá de su yo, hacia lo otro. La mística femenina ha dicho magistralmente lo otro como Dios.


“La belleza” –escribió María Zambrano– “hace el vacío –lo crea–, tal como si esa faz que todo adquiere cuando está bañado por ella viniera desde una lejana nada y a ella hubiera de volver”. Y añade: “Y en el umbral mismo del vacío que crea la belleza, el ser terrestre, corporal y existente, se rinde: rinde su pretensión de ser por separado y aun la de ser él, él mismo: entrega sus sentidos que se hacen unos con el alma. Un suceso al que se le ha llamado contemplación y olvido de todo cuidado”.

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jueves, 5 de enero de 2017

El cuerpo a cuerpo con la madre Luce Irigaray



Como me confesaba no hace mucho un amigo particularmente "honesto", no sin sorprenderse de su propio descubrimiento : "Es cierto, siempre he pensado que todas las mujeres estaban locas ." Y añadió : "Sin duda así pretendía soslayar el tema de mi propia locura ." Así se plantea efectivamente la cuestión . Cada sexo tiene relación con la locura. Todo deseo tiene relación con la locura . Pero, aparentemente, un deseo se ha tomado a sí mismo como sabiduría, mesura y verdad, dejando al otro sexo el peso de una locura que él mismo no quería ver ni llevar .

En cualquier caso, esta ausencia constituye, por sí sola, una explicación de la locura de las mujeres : su palabra no se oye. 

 
A través de todo esto, lo que debemos hacer (pero no se trata de hacer lo uno antes que lo otro) es descubrir nuestra identidad sexual, es decir, la singularidad de nuestro autoerotismo, de nuestro narcisismo, la singularidad de nuestra homosexualidad . Sin olvidar que las mujeres, dado que el primer cuerpo con el cual tienen contacto, el primer amor con el que tienen contacto es un amor maternal, es un cuerpo de mujer, las mujeres, digo, mantienen siempre -a menos que renuncien a su deseo- una cierta relación arcaica y primaria con lo que se denomina homosexualidad . En tanto que los hombres, normalmente, se situarían siempre en la heterosexualidad, puesto que su primer objeto de amor y
de deseo es un cuerpo de mujer. Para las mujeres, la primera relación de deseo y de amor va dirigida al cuerpo de una mujer . Y cuando la teoría analítica dice que la niña debe renunciar al amor de y hacia su madre, al deseo de y hacia su madre, a fin de acceder al deseo del padre, está sometiendo a la mujer a una heterosexualidad normativa, corriente en nuestras sociedades, pero completamente patógena y patológica . Ni la niña ni la mujer deben renunciar al amor a su madre .

En todas partes, también y to-davía, y quisiera acabar con este punto, dentro de la santa Iglesia
católica cuyo sumo sacerdote considera apropiado volver-nos a prohibir, hoy en día, los anticonceptivos, el aborto, la homo-sexualidad, las relaciones extraconyugales, etc. Entonces, cuando ese ministro de Dios únicamente, del Dios-Padre, pronuncie las palabras eucarísticas : "Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre", según el rito canibalístico que ha sido secularmente el nuestro, tal vez podríamos recordarle que él no estaría allí si nuestro cuerpo y nuestra sangre no le hubieran dado vida . Y que es a nosotras, a las mujeres-madres, a quienes está ofreciendo como alimento cuando así procede.

Pero esto no debe saberse . Por esto las mujeres no pueden celebrar la Eucaristía . Parte de la verdad que se oculta tras ella quedaría brutalmente desenmascarada .

No esperemos, cual bellas durmientes del bosque, que llegue el príncipe encantado para despertarnos, ni que el dios-falo nos conceda su gracia . El dios-falo, sí, pues si "Dios ha muerto", el falo sigue bien
vivo .

Intentemos descubrir también la singularidad de nuestro amor hacia otras mujeres. Lo que podríamos llamar (pero no me gustan estas palabras-etiqueta) entre muchas comillas "`homosexualidad secun-
daria""" . Con ello intento designar simplemente una diferencia entre el amor arcaico a la madre y el amor hacia las otras mujeres-hermanas . Este amor es necesario para no seguir siendo servidoras del culto fálico, u objetos de uso y de intercambio entre los hombres, objetos rivales en el mercado, situación en la que nos han puesto a todas.

Por tanto, es deseable, para nosotras, que hablemos durante el intercambio amoroso . Y también es importante que hablemos mientras alimentamos a una criatura, para que no viva esa alimentación como
atiborramiento violento, como violación . Es importante hablar mientras acariciamos otro cuerpo . El silencio es tanto más vivo cuando existe la palabra. No nos dejemos convertir en las guardianas del mutismo, de un mutismo de muerte .

Lo que ellas dicen no tiene derecho de ciudadanía en la elaboración de los diag-nósticos, de las decisiones terapéuticas que las afectan . Los discursos y prácticas científicas serias siguen siendo privilegio de los hombres . Como la gestión de lo político en general y de lo más privado de nues-tras vidas de mujeres . En todas partes, en todo, sus discursos, sus va-lores, sus sueños y sus deseos dictan la ley . En todas partes y en todo definen la función y el papel social de las mujeres y, desde ya, la identi-dad que éstas deben tener o no tener . Ellos saben . Ellos tienen acceso a la verdad . Nosotras no. ¡A duras penas a la ficción, a veces!.


Deseo loco, esta relación con la madre, ya que constituye "el conti-nente negro" por excelencia . Permanece en la sombra de nuestra cultura, es su noche y sus infiernos . Pero los hombres no pueden prescindir de ella, no más (y más bien menos) que las mujeres. Y si actualmente existe una tal polarización sobre los temas de la concepción y del aborto, ¿no será para escapar una vez más a la pregunta sobre qué ha sido de la relación imaginaria y simbólica con la madre, con la mujer madre ; qué ha sido de esta mujer más allá de su papel social y material de reproductora de criaturas, de nodriza, de reproductora de fuerza de trabajo?

Una función que subyace a todo el orden social, y al orden del de-seo, pero que siempre se mantiene dentro de una cierta dimensión de necesidad . A través de la satisfacción de las necesidades individuales y sociales se exorcisa a menudo lo que hay de potencia femenina mater-
nal, particularmente en lo tocante al deseo.

El deseo de ella, su deseo (de ella), esto es, lo que viene a prohibir la ley del padre, de todos los padres . Padres de familia, padres de na-ciones, padres-médicos, padres-curas, padres-profesores . Morales o in-
morales . Siempre intervienen para censurar, rechazar, con todo el buen sentido y la buena salud, el deseo de la madre .

A partir de aquí, tanto los hechos más cotidianos como el conjunto de la sociedad y de nuestra cultura evidencian que esta sociedad y esta cultura funcionan originariamente sobre la base de un matricidio . Cuando Freud describe y teoriza, concretamente en Totem y tabú, el asesinato del padre como fundador de la horda primitiva, olvida un asesinato más arcaico : el de la mujer-madre, necesario para el establecimiento de un determinado orden en la ciudad . Con algunos añadidos, nuestro imaginario continúa funcionando según el esquema de las mitologías y tragedias griegas . Tomaré, por tanto, el ejemplo del asesinato de Clitemnestra en la Orestíada .

Orestes mata a su madre porque así lo exigen el imperio del Dios Padre y su apropiación de los arcaicos poderes de la tierra-madre . Mata a su madre y enloquece a resultas de ello, al igual que su hermana Electra. Pero Electra, la hija, continuará loca . El hijo matricida debe ser salvado
de la locura para poder instaurar el orden patriarcal. Locura que, por otra parte, se presenta como una banda de mujeres encolerizadas que lo persiguen, lo acosan por doquier, como apariciones de su madre : las Eríneas. Mujeres que claman venganza, otras en rebeldía que persiguen, unidas, al hijo asesino de la madre . Mujeres en lucha, una suerte de histéricas, revolucionarias, que se sublevan contra el poder patriarcal que, en ese momento, se encuentra en vías de instaurarse .

Sigue teniendo lugar, al igual que surgen, de aquí y de allá, las Ateneas de turno engendradas por el solo cerebro del Padre-Rey. Totalmente a sueldo suyo -o sea, al de los hom-bres en el poder- y que entierran a las mujeres en lucha bajo su san-tuario, para que no perturben el orden de los hogares, el orden de la ciudad, el orden, punto . Reconoceréis a estas Ateneas de turno, mode-los perfectos de feminidad, siempre veladas y acicaladas de la cabeza a los pies, muy dignas, por esta característica : son extraordinariamente duchas en la seducción (que no es forzosamente lo mismo que seductoras), extraordinariamente duchas en la seducción pero hacer el amor, de hecho, no les interesa.

El asesinato de la madre se salda, pues, con la impunidad del hijo, el enterramiento de la locura de las mujeres -o el enterramiento de las mujeres en la locura-, el acceso a la imagen de la diosa virgen, obe-diente de la ley del padre.

Cuando se le da apellido a la criatura, éste ya viene a ocupar el lugar de la señal más irreductible del nacimiento, el ombligo . El apellido e incluso ya el nombre de pila siempre se hallan desfasados respecto al más irreductible rastro de identidad : la cicatriz del corte del cordón . El apellido y hasta el nombre de pila se deslizan sobre el cuerpo cual revestimientos, piezas de identidad exteriores al cuerpo.

El orden social, nuestra cultura, el mismo psicoanálisis, así lo quieren : la madre debe permanecer prohibida . El padre prohibe el cuerpo a cuerpo con la madre .
Pero me entran deseos de añadir : ¡si al menos fuera cierto! Es-taríamos muchísimo más en paz con nuestros cuerpos, que los hombres tanto necesitan para alimentar su libido. Pues la prohibición, por for-
mal que sea, no impide un cierto número de cosas.

Así, la abertura de la madre o, por qué no, la abertura a la madre, aparecen como la amenaza de contagio, de contaminación, de hundimiento en la enfermedad : en la locura . Nada de todo lo cual,
evidentemente, permitirá avanzar progresivamente con paso seguro Ninguna escalera de Jacob permite volver a la madre . La escalera de Jacob sube siempre al cielo, hacia el Padre y Señor, el Salvador.

Se sacrifica la fertilidad de la tierra para delimitar el horizonte cultural de la lengua paterna (erróneamente llamada materna) . Pero esto no se dice . Al olvido de la cicatriz del ombligo correspondería el agujero en la tela de araña de la lengua. Red que se querría prestar o devolver al
poder materno, a la madre fálica; pero cuando se proyecta así sobre ella, se convierte en una reja defensiva proyectada por el hombre-padre sobre los abismos de un vientre mudo y amenazador, amenazador porque mudo. Así, la matriz, no pensada como lugar de la primera morada en la que nos hacemos cuerpo, se fantasea como boca devoradora, como cloaca o vertedero anal o uretra], como imperio fálico, como reproductora en el mejor de los casos . La matriz con la cual se confunde, en un
imaginario siempre mudo, todo el sexo de la mujer .

También es importante que des-cubramos y afirmemos que siempre somos madres, desde el momento
que somos mujeres . Traemos al mundo otras cosas además de criaturas, procreamos y creamos otras cosas además de criaturas : amor, deseo, lenguaje, arte, expresión social, política, religiosa, etc . Pero esta creación, esta procreación, nos ha estado secularmente prohibida y es preciso que nos reapropiemos esta dimensión maternal, que en tanto mujeres nos pertenece .

Otro aspecto que debemos cuidar es, sobre todo, no volver a matar a esa madre sacrificada en el origen de nuestra cultura . Se trata de de- volverle la vida a esa madre, a nuestra madre en nosotras, y entre noso-tras. De no aceptar que su deseo quede anulado por la ley del padre. De darle el derecho al placer, al goce, a la pasión . De darle el derecho a las palabras y, por qué no, a veces a los gritos, a la cólera .
También tenemos que encontrar, reencontrar, inventar, descubrir, las palabras para nombrar la relación a la vez más arcaica y más actual con el cuerpo de la madre, con nuestro cuerpo, las frases que traducen
el vínculo entre su cuerpo, el nuestro, el de nuestras hijas . Un lenguaje que no sustituya al cuerpo a cuerpo, como lo hace la lengua paterna, sino que lo acompañe; palabras que no cierren el paso a lo corporal, sino que hablen en "corporal" .

Pienso que también es necesario, para no ser cómplices del asesi-nato de la madre, que afirmemos la existencia de una genealogía de mujeres . Una genealogía de mujeres dentro de nuestra familia : después de todo, tenemos una madre, una abuela, una bisabuela, hijas . Olvidamos demasiado esta genealogía de mujeres puesto que estamos exiliadas (si se me permite decirlo así) en la familia del padre-marido ; dicho de otro modo, nos vemos inducidas a renegar de ella . Intentemos situarnos den-
tro de esta genealogía femenina, para conquistar y conservar nuestra identidad . Y no olvidemos tampoco que ya tenemos una historia, que en la historia, aunque haya sido difícil, han existido algunas mujeres y que con demasiada frecuencia las olvidamos .

Libro Completo:  
 

eL CUERPO LESBIANO



Hace un tiempo m/e encuentro entre tus manos rápidamente operada. 
El escalpelo hábilmente manejado por tus manos adorables ha cortado separado los músculos. Y/o soy una tela de araña de nervios casi igual a los dibujos de los manuales de anatomía. Tú dices querida m/ía que m/e ves a través de m/L Tú m/e describes el agua goteando de las hojas del árbol e inluso la forma que tienen e incluso el color . Llueve dentro de m/í, es una música que pocos oídos femeninos han podido escuchar así. Perdona si m/e río. excita excita prodigiosamente esta lluvia mientras que tú con lo más fino de la punta de tus dedos m /e tocas insensatamente. m/e tocas en m/is nervios braquiales en m/is circu nflejos en m/is cubitales en m/is radiales en m/is terminaciones. a vosotras todas debo deciros que eso es lo más exquisito. m/e siento acariciada en m/is faciales en m/is maxila­res.

en este punto estallan en m/l trombas de luz, y/o no sé si es la tempestad ahí afuera o son mensajes de m/i cerebro de m/is ojos que y/o no puedo abrir. centenares de globos naranjas por segundo salen y se precipitan en ellos, la intensidad es demasiado fuerte , y/o creo que y/o no puedo resistirla, y/o m/e desvanezco, pero no antes de que sean alcan7.ados m/is safenos, quién lo hubiera creído m/i Safo, no antes de que m/is grandes ciáticos se muevan o de 'que m/is nervios tibiales se sobrecojan de espasmos
incontrolables, no antes de que y/o diga no sé con qué nombre llamarte a ti que en este momento posas tus dos manos sobre m/is plexos braquiales.

 Tus muslos aprietan mlis flancos. Y lo estoy cubierta de sudor. El olor de mli pelo raso se esparce. Y lo siento deslizarse tu piel desnuda sudorosa . Tus brazos mi e sujetan por el cuello. Tus senos tu vientre están sobre mli espinazo. M /i piel es invadida de sobresaltos. Tu palpas mis músculos con tus anchas manos, tú mle dices ooh dulcemente dulcemente. Y lo mle quedo inmovilizada con mlis orejas y m/is narices temblorosas.

Pero tú feroz llena de alegría m/emantienes contra ti, aprietas m/i espalda con tus amplias manos,
tú m/e tranquilizas, tú apoyas tu vulva contra m/i vulva, y/o m/epongo a latir en m/is párpados a latir en m/i cerebro a latir enm/i tórax a latir en m/i vientre, a latir en m/i clítoris mientras que tú hablas cada vez más de prisa estrechándo/m/e y estre­chándote y/o a ti estrechándonos con una maravillosa fuerza; la arena nos rodea el talle,

Nosotras descendemos en línea recta piernas juntas muslos juntos brazos entrelazados m/is manos junto a tus hombros m/is hombros sostenidos por tus manos pecho contra pecho boca abierta con boca abierta, nosotras descendemos con lentitud. La arena se enrosca alrededor de los tobillos. de pronto alcanza las pantorrillas. Es a partir de este momento cuando el descenso se enlentece. En el momento en que son alcanzadas las rodillas, tú vuelves la cabeza, y/o veo tus dientes, tú sonTÍes, más tarde m/e
miras, m/e hablas sin cesar. La arena presiona ahora a la altura de los muslos.

Si alguien pronunciara tu nombre creo que m/is orejas caerían pesadamente al suelo, y/o siento que m/i sangre va calentáandose dentro de m/is arterias, y/o percibo de pronto los circuitos que va irrigando, un grito m/e llega desde el fondo de m/is pulmones hasta hacer/m/e estallar, y/o siento contenerlo a duras penas, m/e convierto bruscamente en el lugar de los más sombríos misterios, un escalofrío recorre m/i piel a la vez que se cubre de manchas, y/o soy la pez que quema las cabezas enemigas, y/o soy el cuchillo que corta las carótides de las corderillas recién nacidas, y/o soy las balas de los fusiles­ametralladoras que perforan los intestinos, y/o soy las tenazas al rojo vivo que atenazan las carnes, y/o soy el látigo trenzado que flagela la piel, y/o soy la corriente eléctrica que fulmina y tetan iza los músculos, y/o soy el bostezo que abre la boca, y/o soy la venda que cubre los ojos, y/o soy las ligaduras que sujetan las manos, y/o soy la mártir enfurecida galvanizada por las torturas y tus gritos se m/e llevan tanto más m/i amada cuanto tú los contienes. En este preciso instante y/o te llamo en m/i ayuda Safo m/i incomparable, da/m/e a millares los dedos que suavizan las llagas, da/m/e los labios la lengua la saliva que absorbe hacia el lento el dulce el e nvenenado país del que ya no se puede regresar.

Tú estás exangüe. Toda tu sangre arrancada con fuerza de tus miembros atados sale con violencia hacia las ingles la carótide los brazos las sienes las piernas los tobillos. Las arterias están burdamente seccionadas se trata de las carótidas las cubitales las radiales las temporales, se trata de las ilíacas las femorales las tibiales las peroneas, las venas al mismo tiempo se mantienen abiertas. Y/o tropiezo contigo, y/o no puedo mirarte, tu sangre m/e desvanece tu palidez m/e sumerge en la confusión la turbación la embriaguez. Así expuesta con tus labios descubriendo tus dientes tus ojos abriéndose y cerrándose a duras penas, tu resplandor anula el del sol. Un dulce silbido sale de tu boca.

Los dedos se abren para nadar extendidos de una a otra parte de los grandes cuerpos, se tocan se encuentran se enlazan, la ventana se abre brutalmente bajo el impulso de nuestros miembros flotando sobre una gran masa de líquido lácteo azulado; el agua asciende yodada translúcida, alcanza las más altas ramas de los últimos árboles visibles. cálida bate contra las piernas de las nadadoras, inmersa
hasta m/is orificios faciales y/o veo que la masa liquida no cesa de crecer con mucus en suspensión filamentos elásticos nacarados; los dorados los rojizos tienen ahora el mismo color y la misma consistencia que las nubes, la oleada ascendente desemboca en el cielo, adiós continente negro de miseria y de pena adiós viejas ciudades nosotras embarcamos hacia las islas brillantes y radiantes hacia las verdes citaras, hacia las negras y doradas Lesbos.

Descienden corriendo la colina, la mayoría de ellas llevan en sus brazos una monita blanca de grandes ojos grises y de orejas bien formadas. Algunas las llevan enganchadas del cuello con las colas enhiestas. Ellas profieren grandes gritos al pasar por debajo de los manzanos cargados de roja fruta. Las monitas se cogen con las dos manos a las frutas que se les dan. Sus ojos bizquean y miran acá y allá inseguras. Se forma un punto de reunión a uno y otro lado del río. Las de mi grupo interrogan en alta voz a las del tuyo. Vosotras debíais haber vuelto con las tórtolas salvajes de verde collar.

M/i clitoris, el conjunto de mlis labios, son acariciados por tus manos. A través de mi vagina y de mli útero tú te introduces hasta mis intestinos rasgando la membrana. Tú colocas alrededor de tu cuello mi duodeno rosa pálido veteado de azul. Tú desenroscas mi intestino delgado amarillo. Al hacerlo tú hablas del olor de mlis órganos húmedos, hablas de su consistencia, hablas de sus movimientos, hablas de su temperatura. En este momento tú tratas de arrancarmle los riñones. Se te resisten. Tú tocas mi verde vesícula. Y lo mle consumo, mle quejo, ylo caigo en un abismo, mli cabeza es arrastrada, mi corazón se m/e sube hasta los dientes, mle parece que mli sangre se ha secado en mlis arterias. TÓ dices, sin embargo que tú la recibes en grandes cantidades sobre tus manos. Tú hablas del color de mis órganos. y lo no puedo verlos.

Tus desnudos pies acarician los cálices de las anémonas al andar. Las becerras rosa parma blancas amarillas alcanzan tus pantorrillas algunas llegan hasta tus muslos. Dalias rojas fuego naranja amarillas llegan hasta tus hombros. Los iris violeta aplastados dejan largas estelas en el revés de tus brazos. Túavanzas por una avenida azul ultramar. Las abejas, los abejorros las mariposas ahuyentandas de las corolas que cogen tus manos al pasar, te rodean. Algunas mariposas azul pálido se posan sobre tu espalda sobre tus senos cubiertos de aceite de sándalo. Rayos de sol atravesando las copas de los árboles te acarician en tus labios en tus cabellos en tu vello pubiano provocando resplandores.

Desde hace largo tiempo que el reflejo de la luna sobre el mar ha dejado de percibirse.
Una débil luz blanca ligeramente azulada aplana todos los relieves de la isla confundiendo tierramar y cielo. Las cinco perras negras tumbadas de medio cuerpo en el agua sobre la arena empiezan a levantarse abriendo de par en par sus fauces sacudiendo su pelambrera, extendiendo sus patas con sus grandes orejas tiesas sobre sus cabezas. Los campos de trigo cuya última hilera crece en el mar no han sido segados, las manchas oscuras de las amapolas aparecen por doquier. Por tus labios entreabiertos se escapa el sonido de un canto modulado apenas audible.


Libro completo: https://drive.google.com/file/d/0B2PEW2jDwCL_OUg1TmNpd192TUk/view?usp=sharing

miércoles, 4 de enero de 2017

Escupamos sobre Hegel Carla Lonzi




Que no nos consideren ya más las continuadoras de la especie. No demos hijos a nadie, ni al hombre ni al Estado: démoslos a sí mismos, restituyámonos nosotras a nosotras mismas.
La mujer sabe lo que es la atmósfera de tensión de la familia: de ahí parte la tensión de la vida colectiva. Devolvámonos a nosotras mismas la grandiosidad de la ruina histórica de una institución que, en cuanto condena simulada de la mujer, ha terminado por revelarse como condena auténtica del género humano.
Hoy nosotras intuimos una solución para la guerra mucho más realista que las ofrecidas por los estudiosos: ruptura del sistema patriarcal mediante la disolución de la institución familiar por obra de la mujer.
En realidad el drama del hombre consiste en que, habituado desde siempre a encontrar en el
mundo exterior los motivos de su angustia como datos de una estructura hostil contra la que luchar, ha llegado al umbral de la conciencia de que el nudo insoluble de la humanidad está dentro de él, en la rigidez de una estructura síquica que ya no consigue contener por más tiempo su carga destructiva.

En el moralismo y en la razón de Estado reconocemos las armas legalizadas para subordinar a la mujer; en la sexofobia la hostilidad y el desprecio para desacreditarla.
Así se ha establecido en el mundo la sensación de estar viviendo una crisis irreversible para la que siempre resulta una alternativa la vieja bandera socialista.
Para la muchacha de la universidad no es el lugar en el que se produce su liberación gracia a la cultura, sino el lugar en el que se perfecciona su represión, ya tan excelentemente cultivada en el ámbito familiar. Su educación consiste en inyectarle lentamente un veneno que la inmoviliza en el umbral de los gestos más responsables, de la experiencias que dilatan el sentido de uno mismo.
El movimiento feminista está lleno de intrusos políticos y filantrópicos. Protejámonos, que los observadores masculinos no nos vayan a convertir en tema de estudio. El consenso y la polémica nos son indiferentes. Lo que creemos más digno para ellos es no entrometerse.
Desde las primeras feministas hasta hoy han pasado ante los ojos de las mujeres las gestas de los últimos patriarcas. Ya no veremos nacer a otros. Esta es la nueva realidad en
la que nos movemos todos. De ella parte la reconsideración de los fermentos, agitaciones y temas de la humanidad femenina que había sido mantenida aparte. La mujer, tal como es, es un individuo completo: la transformación no debe producirse
en ella, sino en cómo ella se ve dentro del universo y en cómo la ven los otros.

Nosotras nos preguntamos en qué consiste esta angustia del hombre que recorre luctuosamente toda la historia del género humano, devolviendo siempre a un punto de insolubilidad todo esfuerzo por salir de la disyuntiva de la violencia. La especie masculina se ha expresado matando, la femenina
trabajando y protegiendo la vida: el sicoanálisis interpreta las razones por las que el hombre ha considerado la guerra como tarea vil, pero no nos dice nada sobre la concomitancia con la opresión de la mujer. Y las razones que han llevado al hombre a institucionalizar la guerra, como válvula de escape de sus confl ictos interiores, nos hacen creer que tales confl ictos son fatales para él, que son un primun de la condición humana. Pero la condición humana de la mujer no manifi sta
la misma necesidad; al contrario, ella llora por la suerte de los hijos que han sido enviados al matadero e, incluso en la misma pasividad de su pietas, escinde su papel de aquél del hombre.

Se estudia el comportamiento de los individuos y de los grupos primitivos y actuales dentro del absoluto patriarcal, sin reconocer, en el dominio del hombre sobre a mujer, la circunstancia del engaño en la que ya se manifiesta un curso síquico alterado.
El pensamiento masculino ha ratificado el mecanismo que hace parecer necesaria la guerra, el caudillaje, el heroísmo, el abismo generacional. El inconsciente masculino es un
receptáculo de sangre y de temor. Porque reconocemos que el mundo se halla habitado por estos fantasmas de muerte y vemos en la piedad el papel impuesto a la mujer, nosotras abandonamos al hombre para que toque el fondo de su soledad.

La mujer no ha contrapuesto a las construcciones del hombre más que su dimensión existencial: no han salido de entre ellas jefes, pensadores, científicos, pero ha poseído energía , pensamiento, coraje, decisión, atención, sentido, locura. Las huellas de todo esto se han borrado porque no estaban destinadas a perdurar, pero nuestra fuerza estriba en no poseer ninguna mistificación de los hechos:
actuar no es una especialización de casta, aunque se convierte en ello mediante el pode por el que está orientada la acción. La humanidad masculina se ha adueñado de este mecanismo cuya justificación ha sido la cultura. Desmentir la cultura significa desmentir la valoración de los hechos que constituyen la base del poder.

En el epistolario de Freud con su novia leemos: “Querido tesoro, mientras tú te solazas con los cuidados domésticos, yo me siento atraído por el placer de resolver el enigma de la estructura del cerebro”.
La mujer se halla sometida, toda la vida, a la dependencia económica, primero de la familia, del padre, luego del marido. Pero su liberación no consiste en lograr la independencia económica, sino en demoler aquella institución que la ha hecho más esclava y durante más tiempo que los esclavos.
La globalidad de los problemas es una ficción mientras los hombres mantengan el monopolio, no sólo de la cultura burguesa, sino también de la cultura revolucionaria y socialista.
Para Lenin la mujer podía desarrollarse para alcanzar la igualdad efectiva con el hombre cuando, en la sociedad comunista, se hubiese librado del trabajo doméstico improductivo para enfrentarse al trabajo productivo.
La contraposición propuesta por Lenin al “vulgar y cochino matrimonio campesino, intelectual
y pequeño burgués, carente de amor” era “el matrimonio civil proletario con amor”.

Pero la dictadura del proletariado ha demostrado con creces no ser portadora de la disolución de
los roles sociales: ha mantenido y consolidado la familia como centro en el que se repite la estructura humana incompatible con cualquier mutación sustancial de los valores.

El mismo Marx se comportó en vida como un marido tradicional, absorbido por su trabajo de
estudioso e ideólogo, cargado de hijos, uno de los cuales lo tuvo con la doncella.

La familia es piedra angular del sistema patriarcal: está fundada, no sólo en los intereses económicos, sino también en los mecanismos síquicos del hombre que en todas las épocas ha tenido a la mujer como objeto de dominio y como pedestal para sus empresas más elevadas.
En los países del área comunista la socialización de los medios de producción apenas si ha cambiado la estructura familiar tradicional, más bien la ha reforzado, en la medida en que ha reforzado el prestigio y el papel de la fi gura patriarcal. El contenido de la lucha revolucionaria ha asumido y expresado personalidad y valores típicamente patriarcales y represivos, que han repercutido en la organización de la sociedad, primero como estado paternalista, y luego como un verdadero estado autoritario y burocrático.
La primera formulación hecha por Engels en los Principios del comunismo, en 1847, es la siguiente: “La ordenación comunista de la sociedad hará que la relación entre ambos sexos sea simplemente una relación privada que afectará tan sólo a las personas involucradas, y en la que la sociedad
no tendrá porqué injerirse.

Marx y Engels prosiguen esta corriente de pensamiento; pero de todos modos todavía insisten no sobre el hecho de que la supresión del elemento económico deba llevar “a cada hombre a disponer de todas las mujeres y a cada mujer a disponer de todos los hombres” (Fourier), sino sobre una relación carente de implicaciones utilitaristas.
Desde la República de Platón, a la Utopía de Tomas Moro y a los socialistas utópicos del 800, el ideal de la comunidad de bienes siempre ha sido acompañado por el corolario lógico de la disolución de la familia como núcleo de los intereses particulares.
Según unas notas de Gramsci, “los jóvenes de la clase dirigente (en el sentido más amplio) se rebelan y pasan a la clase progresista que históricamente se ha convertido en capazde tomar el poder: pero, en este caso, se trata de jóvenes que pasan, de ser dirigidos por los ancianos de una clase, a serlo por los ancianos de otra: sea como sea la subordinación real de
los jóvenes a los ancianos, como generación se perpetúa” (De Los intelectuales y la organización de la cultura)

Pero al obrar de este modo el joven vuelve a ser absorbido por una dialéctica prevista por la cultura patriarcal, que es la cultura de la toma del poder; mientras cree haber individualizado,
junto con el proletariado al enemigo común: el capitalismo, en realidad está abandonando su propio terreno de lucha para pasarse al del sistema patriarcal.

No olvidemos este eslogan fascista: Familia y Seguridad.
Los dos mentís más colosales a la interpretación hegeliana están dentro de nosotras: la mujer que rechaza la familia, el joven que rechaza la guerra.
Confi ando el futuro revolucionario a la clase obrera, el marxismo ha ignorado a la mujer como oprimida y como portadora de futuro; ha expresado una teoría revolucionaria cuya matriz
se halla en la cultura patriarcal.

El mundo de la igualdad es el mundo de la superchería legalizada, de lo unidimensional; el mundo de la diferencia es el mundo en el que el terrorismo depone las armas y la superchería
cede al respeto de la variedad y multiplicidad de la vida. La igualdad entre los sexos es el ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de la mujer.

En este nuevo estadio de conocimiento, la mujer rechaza, en tanto que dilema impuesto por el poder masculino, tanto el plano de la igualdad como el de la diferencia, afrmando que ningún ser humano, ni ningún grupo debe ser definido por referencia a otro ser humano o a otro grupo.
El materialismo histórico olvida la llave emotiva que ha determinado el tránsito a la propiedad privada. Esto es lo que queremos recalcar para que el arquetipo de la propiedad sea reconocido, para que se vea cuál es el primer objeto que el hombre concibe: el objeto sexual. La mujer, al retirar del inconsciente masculino su presa primera, desata los nudos originarios de la patología posesiva.
Las mujeres tienen conciencia del nexo político que existe entre la ideología marxista-leninista y los sufrimientos, necesidades y aspiraciones de las mujeres. Pero no creen que sea posible esperar que la revolución los solucione. No consideran válido que su propia causa esté subordinada al problema de clase. No pueden aceptar una impostación de su lucha y una perspectiva que pasen por encima de sus cabezas.
La relación hegeliana amo-esclavo, es una relación interna del mundo humano masculino, y es a ella a la que se refiere la dialéctica, en términos deducidos exactamente de las premisas de la toma del poder. Pero la discordia mujer-hombre no es un dilema: para ella no se ha previsto ninguna solución, puesto
que la cultura patriarcal no la ha considerado un problema humano, sino un dato natural. 


LIBRO COMPLETO:  https://drive.google.com/file/d/0B2PEW2jDwCL_SjRpYVItaXV0U1U/view?usp=sharing

martes, 3 de enero de 2017

te ves mas bonita


Lesbofobia