jueves, 5 de enero de 2017

El cuerpo a cuerpo con la madre Luce Irigaray



Como me confesaba no hace mucho un amigo particularmente "honesto", no sin sorprenderse de su propio descubrimiento : "Es cierto, siempre he pensado que todas las mujeres estaban locas ." Y añadió : "Sin duda así pretendía soslayar el tema de mi propia locura ." Así se plantea efectivamente la cuestión . Cada sexo tiene relación con la locura. Todo deseo tiene relación con la locura . Pero, aparentemente, un deseo se ha tomado a sí mismo como sabiduría, mesura y verdad, dejando al otro sexo el peso de una locura que él mismo no quería ver ni llevar .

En cualquier caso, esta ausencia constituye, por sí sola, una explicación de la locura de las mujeres : su palabra no se oye. 

 
A través de todo esto, lo que debemos hacer (pero no se trata de hacer lo uno antes que lo otro) es descubrir nuestra identidad sexual, es decir, la singularidad de nuestro autoerotismo, de nuestro narcisismo, la singularidad de nuestra homosexualidad . Sin olvidar que las mujeres, dado que el primer cuerpo con el cual tienen contacto, el primer amor con el que tienen contacto es un amor maternal, es un cuerpo de mujer, las mujeres, digo, mantienen siempre -a menos que renuncien a su deseo- una cierta relación arcaica y primaria con lo que se denomina homosexualidad . En tanto que los hombres, normalmente, se situarían siempre en la heterosexualidad, puesto que su primer objeto de amor y
de deseo es un cuerpo de mujer. Para las mujeres, la primera relación de deseo y de amor va dirigida al cuerpo de una mujer . Y cuando la teoría analítica dice que la niña debe renunciar al amor de y hacia su madre, al deseo de y hacia su madre, a fin de acceder al deseo del padre, está sometiendo a la mujer a una heterosexualidad normativa, corriente en nuestras sociedades, pero completamente patógena y patológica . Ni la niña ni la mujer deben renunciar al amor a su madre .

En todas partes, también y to-davía, y quisiera acabar con este punto, dentro de la santa Iglesia
católica cuyo sumo sacerdote considera apropiado volver-nos a prohibir, hoy en día, los anticonceptivos, el aborto, la homo-sexualidad, las relaciones extraconyugales, etc. Entonces, cuando ese ministro de Dios únicamente, del Dios-Padre, pronuncie las palabras eucarísticas : "Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre", según el rito canibalístico que ha sido secularmente el nuestro, tal vez podríamos recordarle que él no estaría allí si nuestro cuerpo y nuestra sangre no le hubieran dado vida . Y que es a nosotras, a las mujeres-madres, a quienes está ofreciendo como alimento cuando así procede.

Pero esto no debe saberse . Por esto las mujeres no pueden celebrar la Eucaristía . Parte de la verdad que se oculta tras ella quedaría brutalmente desenmascarada .

No esperemos, cual bellas durmientes del bosque, que llegue el príncipe encantado para despertarnos, ni que el dios-falo nos conceda su gracia . El dios-falo, sí, pues si "Dios ha muerto", el falo sigue bien
vivo .

Intentemos descubrir también la singularidad de nuestro amor hacia otras mujeres. Lo que podríamos llamar (pero no me gustan estas palabras-etiqueta) entre muchas comillas "`homosexualidad secun-
daria""" . Con ello intento designar simplemente una diferencia entre el amor arcaico a la madre y el amor hacia las otras mujeres-hermanas . Este amor es necesario para no seguir siendo servidoras del culto fálico, u objetos de uso y de intercambio entre los hombres, objetos rivales en el mercado, situación en la que nos han puesto a todas.

Por tanto, es deseable, para nosotras, que hablemos durante el intercambio amoroso . Y también es importante que hablemos mientras alimentamos a una criatura, para que no viva esa alimentación como
atiborramiento violento, como violación . Es importante hablar mientras acariciamos otro cuerpo . El silencio es tanto más vivo cuando existe la palabra. No nos dejemos convertir en las guardianas del mutismo, de un mutismo de muerte .

Lo que ellas dicen no tiene derecho de ciudadanía en la elaboración de los diag-nósticos, de las decisiones terapéuticas que las afectan . Los discursos y prácticas científicas serias siguen siendo privilegio de los hombres . Como la gestión de lo político en general y de lo más privado de nues-tras vidas de mujeres . En todas partes, en todo, sus discursos, sus va-lores, sus sueños y sus deseos dictan la ley . En todas partes y en todo definen la función y el papel social de las mujeres y, desde ya, la identi-dad que éstas deben tener o no tener . Ellos saben . Ellos tienen acceso a la verdad . Nosotras no. ¡A duras penas a la ficción, a veces!.


Deseo loco, esta relación con la madre, ya que constituye "el conti-nente negro" por excelencia . Permanece en la sombra de nuestra cultura, es su noche y sus infiernos . Pero los hombres no pueden prescindir de ella, no más (y más bien menos) que las mujeres. Y si actualmente existe una tal polarización sobre los temas de la concepción y del aborto, ¿no será para escapar una vez más a la pregunta sobre qué ha sido de la relación imaginaria y simbólica con la madre, con la mujer madre ; qué ha sido de esta mujer más allá de su papel social y material de reproductora de criaturas, de nodriza, de reproductora de fuerza de trabajo?

Una función que subyace a todo el orden social, y al orden del de-seo, pero que siempre se mantiene dentro de una cierta dimensión de necesidad . A través de la satisfacción de las necesidades individuales y sociales se exorcisa a menudo lo que hay de potencia femenina mater-
nal, particularmente en lo tocante al deseo.

El deseo de ella, su deseo (de ella), esto es, lo que viene a prohibir la ley del padre, de todos los padres . Padres de familia, padres de na-ciones, padres-médicos, padres-curas, padres-profesores . Morales o in-
morales . Siempre intervienen para censurar, rechazar, con todo el buen sentido y la buena salud, el deseo de la madre .

A partir de aquí, tanto los hechos más cotidianos como el conjunto de la sociedad y de nuestra cultura evidencian que esta sociedad y esta cultura funcionan originariamente sobre la base de un matricidio . Cuando Freud describe y teoriza, concretamente en Totem y tabú, el asesinato del padre como fundador de la horda primitiva, olvida un asesinato más arcaico : el de la mujer-madre, necesario para el establecimiento de un determinado orden en la ciudad . Con algunos añadidos, nuestro imaginario continúa funcionando según el esquema de las mitologías y tragedias griegas . Tomaré, por tanto, el ejemplo del asesinato de Clitemnestra en la Orestíada .

Orestes mata a su madre porque así lo exigen el imperio del Dios Padre y su apropiación de los arcaicos poderes de la tierra-madre . Mata a su madre y enloquece a resultas de ello, al igual que su hermana Electra. Pero Electra, la hija, continuará loca . El hijo matricida debe ser salvado
de la locura para poder instaurar el orden patriarcal. Locura que, por otra parte, se presenta como una banda de mujeres encolerizadas que lo persiguen, lo acosan por doquier, como apariciones de su madre : las Eríneas. Mujeres que claman venganza, otras en rebeldía que persiguen, unidas, al hijo asesino de la madre . Mujeres en lucha, una suerte de histéricas, revolucionarias, que se sublevan contra el poder patriarcal que, en ese momento, se encuentra en vías de instaurarse .

Sigue teniendo lugar, al igual que surgen, de aquí y de allá, las Ateneas de turno engendradas por el solo cerebro del Padre-Rey. Totalmente a sueldo suyo -o sea, al de los hom-bres en el poder- y que entierran a las mujeres en lucha bajo su san-tuario, para que no perturben el orden de los hogares, el orden de la ciudad, el orden, punto . Reconoceréis a estas Ateneas de turno, mode-los perfectos de feminidad, siempre veladas y acicaladas de la cabeza a los pies, muy dignas, por esta característica : son extraordinariamente duchas en la seducción (que no es forzosamente lo mismo que seductoras), extraordinariamente duchas en la seducción pero hacer el amor, de hecho, no les interesa.

El asesinato de la madre se salda, pues, con la impunidad del hijo, el enterramiento de la locura de las mujeres -o el enterramiento de las mujeres en la locura-, el acceso a la imagen de la diosa virgen, obe-diente de la ley del padre.

Cuando se le da apellido a la criatura, éste ya viene a ocupar el lugar de la señal más irreductible del nacimiento, el ombligo . El apellido e incluso ya el nombre de pila siempre se hallan desfasados respecto al más irreductible rastro de identidad : la cicatriz del corte del cordón . El apellido y hasta el nombre de pila se deslizan sobre el cuerpo cual revestimientos, piezas de identidad exteriores al cuerpo.

El orden social, nuestra cultura, el mismo psicoanálisis, así lo quieren : la madre debe permanecer prohibida . El padre prohibe el cuerpo a cuerpo con la madre .
Pero me entran deseos de añadir : ¡si al menos fuera cierto! Es-taríamos muchísimo más en paz con nuestros cuerpos, que los hombres tanto necesitan para alimentar su libido. Pues la prohibición, por for-
mal que sea, no impide un cierto número de cosas.

Así, la abertura de la madre o, por qué no, la abertura a la madre, aparecen como la amenaza de contagio, de contaminación, de hundimiento en la enfermedad : en la locura . Nada de todo lo cual,
evidentemente, permitirá avanzar progresivamente con paso seguro Ninguna escalera de Jacob permite volver a la madre . La escalera de Jacob sube siempre al cielo, hacia el Padre y Señor, el Salvador.

Se sacrifica la fertilidad de la tierra para delimitar el horizonte cultural de la lengua paterna (erróneamente llamada materna) . Pero esto no se dice . Al olvido de la cicatriz del ombligo correspondería el agujero en la tela de araña de la lengua. Red que se querría prestar o devolver al
poder materno, a la madre fálica; pero cuando se proyecta así sobre ella, se convierte en una reja defensiva proyectada por el hombre-padre sobre los abismos de un vientre mudo y amenazador, amenazador porque mudo. Así, la matriz, no pensada como lugar de la primera morada en la que nos hacemos cuerpo, se fantasea como boca devoradora, como cloaca o vertedero anal o uretra], como imperio fálico, como reproductora en el mejor de los casos . La matriz con la cual se confunde, en un
imaginario siempre mudo, todo el sexo de la mujer .

También es importante que des-cubramos y afirmemos que siempre somos madres, desde el momento
que somos mujeres . Traemos al mundo otras cosas además de criaturas, procreamos y creamos otras cosas además de criaturas : amor, deseo, lenguaje, arte, expresión social, política, religiosa, etc . Pero esta creación, esta procreación, nos ha estado secularmente prohibida y es preciso que nos reapropiemos esta dimensión maternal, que en tanto mujeres nos pertenece .

Otro aspecto que debemos cuidar es, sobre todo, no volver a matar a esa madre sacrificada en el origen de nuestra cultura . Se trata de de- volverle la vida a esa madre, a nuestra madre en nosotras, y entre noso-tras. De no aceptar que su deseo quede anulado por la ley del padre. De darle el derecho al placer, al goce, a la pasión . De darle el derecho a las palabras y, por qué no, a veces a los gritos, a la cólera .
También tenemos que encontrar, reencontrar, inventar, descubrir, las palabras para nombrar la relación a la vez más arcaica y más actual con el cuerpo de la madre, con nuestro cuerpo, las frases que traducen
el vínculo entre su cuerpo, el nuestro, el de nuestras hijas . Un lenguaje que no sustituya al cuerpo a cuerpo, como lo hace la lengua paterna, sino que lo acompañe; palabras que no cierren el paso a lo corporal, sino que hablen en "corporal" .

Pienso que también es necesario, para no ser cómplices del asesi-nato de la madre, que afirmemos la existencia de una genealogía de mujeres . Una genealogía de mujeres dentro de nuestra familia : después de todo, tenemos una madre, una abuela, una bisabuela, hijas . Olvidamos demasiado esta genealogía de mujeres puesto que estamos exiliadas (si se me permite decirlo así) en la familia del padre-marido ; dicho de otro modo, nos vemos inducidas a renegar de ella . Intentemos situarnos den-
tro de esta genealogía femenina, para conquistar y conservar nuestra identidad . Y no olvidemos tampoco que ya tenemos una historia, que en la historia, aunque haya sido difícil, han existido algunas mujeres y que con demasiada frecuencia las olvidamos .

Libro Completo:  
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario