sábado, 10 de junio de 2017

Holomovimiento

Prigogine (1996), desde la termodinámica, nos ha posibilitado comprender al cambio como
un proceso irreversible que se desenvuelve a través de un desorden creciente, señalando que estos pro-
cesos son más comunes que aquellos reversibles donde un sistema que es afectado por un cambio
puede regresar al punto exacto de su estado inicial. La entropía nos desplaza en el tiempo, la vuelta atrás es irremediable. Desde lo biológico, no volveremos a ser niños, los niños no volverán a ser un feto, ni volverán a su constitución unicelular. Y desde lo psicológico, como expresa Wendell: “La mente de un hombre una vez ampliada, por una idea nueva, nunca recupera su dimensión
original” (Citado por Riba, 2005, p.17). Sin embargo hoy encontramos supuestos de reversibilidad
temporal subyacentes en los discursos en torno al cambio, “si se volviera a la escuela de antes”, “ha-
bría que volver a la universidad que teníamos”, “deberíamos volver a los valores tradicionales”. Existe en el sentido común una representación social lineal y reversible del tiempo para la que pasa
inadvertida la complejidad en la que nos sumerge la dirección del flujo temporal. “El cambio es tan
inexorable como el tiempo, y sin embargo pocas cosas chocan con tanta resistencia”. (Disraeli, ci-
tado por Riba, 2005, p.47). Para Prigogine, el universo “no está constituido de abajo hacia arriba sino que es una telaraña de niveles y leyes divergentes” (Briggs y Peat, 1998, p.186), donde todo atañe a todo. Desde el paradigma disipativo, el proceso reemplaza a las cosas y a su vez éste da prioridad al tiempo sobre el espacio. Esto tiene importantes consecuencias en la gestión de un proceso de aprendizaje para generar un cambio. El cambio no puede ser tomado como un objeto sino como un proceso que se desliza en el tiempo y es este último el que irá definiendo el espacio como los diseños de gestión del cambio atendiendo al fluir del caos y de las nuevas configuraciones. Pensar estrategias de cambio, desde arriba o abajo, constituye un pensamiento lineal, enraizado en la teoría jerárquica y competitiva de la evolución, sin ver la trama colectiva que constituyen las organizaciones. Jantsch (1980) introduce la coevolución, valioso concepto que “no niega la adaptación, ni la lucha de los individuos por la supervivencia pero no las considera la principal fuerza impulsora del desarrollo de nuevas formas de vida” (Briggs y Peat, 1998, p.209).La forma impulsora es la cooperación evolutiva bilateral de las especies y los ambientes. Si todo es movimiento ¿por qué aparecería el ambiente como invariante? En el mutuo flujo se produce un intercambio que determina y es determinado.
“Los seres humanos somos fruto de la cooperación para la conservación, no de la lucha por la supervivencia: bioevolutivamente somos porque amamos...” el que mata al otro no es el que

gana, sino el que sobrevive” (Maturana, 2007).

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