lunes, 9 de enero de 2017

Audre Lorde

Hubo algo de lo que siempre saqué fuerzas, y no se puede llamar valentía ni coraje, a no ser que esto sea el material del que están hechos la valentía y el coraje; me refiero a la sensación de que puesto que soy vulnerable en muchísimos aspectos y no puedo dejar de serlo, al menos no voy a aumentar mi vulnerabilidad poniendo en manos de mis enemigos las armas del silencio.

¿Q UÉ ES LO QUE APRENDISTE DE TU MADRE ?
La importancia de la comunicación no verbal, por debajo del lenguaje. Expandí mi vida gracias a ella. Al propio tiempo, como vivía en este mundo, no quería emplear el lenguaje igual que mi madre. Ella tenía una relación curiosa con las palabras: cuando una palabra no le servía o no poseía la fuerza suficiente, sencillamente inventaba otra, y esas palabras inventadas pasaban a formar parte del lenguaje familiar, y ay de aquel que las olvidara. Pero creo que mi madre me enseñó algo más... que había un poderoso mundo de comunicación y contacto no verbal entre las personas, un mundo que era absolutamente esencial y había que aprender . A descifrar y a emplear. Uno de los motivos de que me costara tanto hacerme mayor fue que mis padres, y en particular mi madre, siempre esperaban que supiera lo que sentían, mi madre esperaba que lo supiera sin necesidad de decírmelo. Y a mí me parecía natural. Mi madre esperaba que lo supiera todo, aunque no se lo hubiera oído decir...
Frances y yo estábamos pensando en asistir a un congreso de feminismo y lesbianismo este verano, pero nos comunicaron que no se permitía la asistencia de niños varones mayores de diez años, lo cual nos planteaba problemas filosóficos a la par que logísticos; así pues, enviamos la siguiente carta:

Hermanas:
Diez años de convivencia como pareja lesbiana interracial nos han enseñado los peligros que entraña una perspectiva excesivamente simplista sobre el carácter y las soluciones de cualquier tipo de opresión, así como el peligro inherente a toda visión incompleta.
Nuestro hijo de trece años representa una esperanza tan grande para el mundo futuro como nuestra hija de quince años, y no estamos dispuestas a abandonarlo en las calles asesinas de Nueva York mientras viajamos al oeste para contribuir a crear una visión feminista-lesbiana de un mundo futuro en el que todos podamos sobrevivir y florecer. Confío en tener la oportunidad de proseguir este diálogo en un futuro próximo, pues lo considero importante para nuestra visión y para nuestra supervivencia.

El problema de la segregación dista mucho de ser sencillo. Estoy agradecida por tener un hijo varón, ya que eso me ayuda a mantener una actitud honesta. Cada una de las líneas que escribo proclama que no hay soluciones fáciles.


Los hombres que tienen miedo a los sentimientos necesitan que haya mujeres a su alrededor para que sientan por ellos y, al propio tiempo, desprecian a las mujeres por la supuesta “inferioridad” que representa la capacidad de sentir profundamente. Pero, de esta forma, los hombres renuncian a su humanidad esencial y quedan atrapados en la dependencia y el miedo.

Jonathan tenía tres años y medio cuando conocí a Frances, mi amante; tenía siete cuando empezamos a vivir todos juntos de manera estable. Desde el principio, Frances y yo nos empeñamos en que en nuestra casa no hubiera secretos con respecto a que éramos lesbianas, y eso ha sido una fuente de problemas y de fortaleza para los dos niños. Adoptamos esa actitud porque sabíamos que todo lo que ocultáramos por miedo podría ser usado en contra de los niños o en contra nuestra; es una justificación de la franqueza imperfecta pero práctica. Conocer el miedo nos ayuda a ser libres.

Cuando Jonathan tenía ocho años y estaba en tercer grado nos mudamos, y él empezó a asistir a otro colegio donde le hacían la vida imposible por ser novato. A Jonathan no le gustaban los juegos violentos. No le gustaba pelearse. No le gustaba tirarles piedras a los perros. Y todo esto lo convirtió enseguida en una víctima fácil.

Una tarde en que mi hijo llegó a casa llorando, mi hija Beth me explicó que los gamberros del barrio siempre obligaban a Jonathan a volver a casa corriendo cuando ella no estaba presente para defenderlo. Y cuando me enteré que el jefe de la banda era un niño de la clase de Jonathan y de su tamaño, me sucedió algo curioso y muy inquietante. La rabia inspirada por mi impotencia de antaño y el dolor de ver el sufrimiento de mi hijo me hicieron olvidar todo lo que sabía de la violencia y el miedo, y empecé a culpar a la víctima, echándole la bronca al lloroso Jonathan. “La próxima vez que vengas aquí llorando...”, de pronto me interrumpí horrorizada.

Así es como permitimos que empiece a obrar la destrucción de nuestros hijos; con la justificación de que queremos protegerlos y aliviar nuestro dolor. ¿Cómo voy a dejar que peguen a mi hijo? Estuve a punto de exigirle a Jonathan que aprendiera esa primera lección sobre la corrupción del poder: que el más fuerte es quien tiene la razón. Me oí comenzando a perpetuar la vieja falacia relativa a la fuerza y la valentía supuestamente verdaderas.

A nuestros hijos les cuesta acostumbrarse a la idea de que sus padres no somos omnipotentes, y a los padres también nos resulta difícil aceptarlo. Sin embargo, esa toma de conciencia es el primer paso necesario para reevaluar el poder en términos diferentes a la fuerza, la edad, el privilegio o la falta de miedo. Es un paso importante para un chico, pues su destrucción social comienza cuando se le obliga a creer que sólo puede ser fuerte si no siente o si vence.

La lección más poderosa que puedo enseñar a mi hijo es la misma que enseño a mi hija: cómo ser quien desea ser. Y el mejor método para enseñársela es ser yo misma y confiar en que él aprenda no a ser como yo, lo cual es imposible, sino a ser él mismo. Para ello tendrá que prestar atención a su voz interior en lugar de a las voces exteriores, estridentes, persuasivas, amenazadoras, que le presionan para que sea lo que el mundo quiere que sea.

Los padres blancos nos dijeron "Pienso existo". La madre Negra que todas llevamos dentro, la poeta, nos susurra en nuestros sueños: "Siento, luego puedo ser libre”. La poesía acuña el lenguaje con el que expresar e impulsar esta exigencia revolucionaria, la puesta en práctica de la libertad.

Cada vez estoy más convencida de que es necesario expresar aquello que para mí es más importante, es
necesario verbalizaría y compartirlo, aun a riesgo de que se interprete mal o se tergiverse. Creo que, por
encima de todo, hablar me beneficia. Estoy aquí en calidad de poeta Negra y lesbiana, y la importancia de mi presencia radica en el hecho de que aún estoy viva y podría no estarlo.

Nuestros sentimientos no estaban llamados a sobrevivir en una estructura de vida definida por el beneficio, por el poder lineal, por la deshumanización institucionalizada. Los sentimientos se han conservado como adornos inevitables o como agradables pasatiempos, con la esperanza de que se doblegaran ante el pensamiento tal y como se esperaba que las mujeres se doblegaran ante los hombres. Pero las mujeres han sobrevivido. Y también los poetas. Y no hay nuevos dolores. Ya los hemos sentido todos. Los hemos escondido en el mismo lugar donde tenemos oculto nuestro poder. Ambos afloran en los sueños, y los sueños nos señalan el camino de la libertad. Podemos plasmar los sueños en nuestros poemas pues éstos nos dan la fortaleza y el valor de ver, de sentir, de hablar y de ser audaces.

¿De qué he sentido miedo alguna vez? De preguntar o de hablar por creer que iba a hacer daño,
o a provocar una muerte. Pero siempre nos estamos haciendo daño de una manera u otra, y el dolor termina por transformarse o por cesar. La muerte es, por otra parte, el silencio definitivo. Y puede presentarse en cualquier momento, ahora mismo, tanto si he dicho lo que era necesario decir como si me he traicionado incurriendo en pequeños silencios a la vez que planeaba llegar a hablar algún día, o esperaba a que me llegaran palabras prestadas. Con todo esto, empecé a vislumbrar una fuente interna de poder que deriva de saber que, si bien lo más deseable es no sentir miedo, también se puede obtener una gran fortaleza aprendiendo a analizar el miedo.

Ni qué decir tiene que tengo miedo, porque la transformación del silencio en palabras y obras es un proceso de autorrevelación y, como tal, siempre parece plagado de peligros. Cuando le expliqué el tema que íbamos a tratar en este encuentro, mi hija me dijo: "Háblales de por qué nunca se llega a ser por completo una persona cuando se guarda silencio, porque en tu fuero interno siempre hay una parte de ti que quiere hacerse oír y, cuando te empeñas en no prestarle atención, se va acalorando más y más, se va enfureciendo, y si no le das salida, llegará un momento en que se rebelará y te pegará un puñetazo en la boca desde dentro".

Y que la visibilidad que nos hace vulnerables es también nuestra principal fuente de poder. Porque la maquinaria tratará de trituraros en cualquier caso, tanto si habláis como si calláis. Podemos permanecer eternamente mudas en un rincón mientras nuestras hermanas y nosotras mismas nos consumimos, mientras se deforma y destruye a nuestros hijos, mientras se envenena nuestra tierra; podemos quedarnos en nuestro protegido rincón, mudas como muebles, y no por ello sentiremos menos miedo.

Este año, en mi casa, hemos celebrado Kwanza, la festividad afroamericana de la cosecha, que comienza el día siguiente a Navidad y dura una semana. En Kwanza se conmemoran siete principios, uno cada día. El primero es Umoja, que significa unidad, la decisión de luchar por la unidad del ser y de la comunidad y mantenerla. El principio que correspondía al día de ayer, el segundo, era Kujichagulia, la autodeterminación, la decisión de definirnos, de nombrarnos y de hablar en nombre propio en lugar de permitir que otros nos definan y hablen en nuestro nombre. Hoy es el tercer día de Kwanza y el principio correspondiente es Ujima, trabajo y responsabilidad colectivos, la decisión de cooperar en la construcción de nuestro ser y de nuestra comunidad, y de identificar y resolver los problemas entre todos.

Y cuando las palabras de las mujeres se dicen a voces para que sean escuchadas, es responsabilidad de cada una de nosotras hacer lo posible por escucharlas, por leerlas y compartirlas y analizarlas para ver cómo atañen a nuestras vidas. Es nuestra responsabilidad no refugiarnos tras las parodias de la segregación que nos han impuesto y que a menudo hemos aceptado como propias. Por ejemplo: “¿Cómo voy a enseñar a escribir a mujeres Negras ... si su experiencia es totalmente distinta de la mía?" Y, sin embargo, ¿cuántos años lleváis enseñando las obras de Platón, Shakespeare o Proust? O, por ejemplo, "Pero si es una mujer blanca, ¿qué me va a decir?” O “Es lesbiana, ¿qué diría mi marido, o mi jefe?" O "Esta mujer escribe sobre sus hijos y yo no tengo hijos". Y así interminablemente, son tantas y tantas las maneras en que nos separan de nosotras mismas y de las demás.

El hecho es que estamos aquí y que pronunciamos estas palabras en un intento de romper el silencio y de reducir nuestras diferencias, pues no son las diferencias las que nos inmovilizan sino el silencio. Y hay multitud de silencios que deben romperse.

Los ataques contra el lesbianismo se están empleando hoy día en la comunidad Negra con objeto de ocultar el verdadero rostro del racismo/sexismo. Las mujeres Negras que están unidas entre sí por fuertes vínculos, ya sean políticos o emocionales, no son enemigas de los hombres Negros. Sin embargo, con harta frecuencia, algunos hombres Negros tratan de dominar por el miedo a esas mujeres Negras que, en realidad, no son sus enemigas sino sus aliadas. Esta táctica se materializa en amenazas de rechazo emocional: “Su poesía no estaba del todo mal, pero no había quien aguantara a esa panda de tortilleras”. Al hablar así, el hombre Negro está advirtiendo veladamente a toda mujer Negra presente e interesada en tener una relación con un hombre (como lo está la mayoría) que: 1) si desea que él tome en consideración lo que hace debe evitar toda alianza que no sea la que tiene con él; y que 2) cualquier mujer que aspire a conservar su amistad y/o su apoyo, hará bien en no dejarse "corromper" por los intereses específicos de las mujeres.

A menudo el rotundo mensaje que los hombres Negros transmiten a las mujeres Negras es: "Soy el único trofeo que merece la pena ganar, un bien escaso, y no vayas a olvidarte de que tengo otros recursos. De manera que si aspiras a estar conmigo, ya puedes quedarte quietecita en tu sitio, es decir, separada de tus amigas, si no te llamaré 'lesbiana' y no querré saber nada de ti''. Las mujeres Negras estamos programadas para definirnos en función de las exigencias de los hombres y para competir entre nosotras en lugar de identificar nuestros intereses y centrarnos en ellos.

La dicotomía entre lo espiritual y lo político es asimismo falsa, ya que deriva de una falta de atención a nuestro conocimiento erótico. Pues el puente que conecta lo espiritual y lo político es precisamente lo erótico, lo sensual, aquellas expresiones físicas, emocionales y psicológicas de lo más profundo, poderoso y rico de nuestro interior, aquello que compartimos: la pasión del amor en su sentido más profundo.

Otra función importante de la conexión erótica es que hace resaltar con sinceridad y valentía mi capacidad de gozar. Así como mi cuerpo reacciona a la música relajándose y abriéndose a ella, atento a sus más profundos ritmos, todo aquello que siento me abre a la experiencia eróticamente satisfactoria, ya sea al bailar, al montar una estantería, al escribir un poema o al analizar una idea.

Sí, existe una jerarquía. No es lo mismo pintar la verja del jardín que escribir un poema, pero la diferencia sólo es cuantitativa. Y, para mí, no hay diferencia alguna entre escribir un buen poema o tenderme al sol junto al cuerpo de una mujer a la que amo.

Nuestras hijas nos tienen a nosotras, ya sea para compararse, para rebelarse, para modelarse o para soñar: pero los hijos de lesbianas deben realizar su propia definición del ser masculino. Ello les hace fuertes y a la vez vulnerables. Los hijos varones de lesbianas han recibido de nosotras un programa de acción para la supervivencia y eso es una ventaja, pero a ellos les corresponde la tarea de trasladar esos conocimientos al ámbito de su masculinidad. Ojalá la diosa sea amable con mi hijo Jonathan.

La repugnancia que refleja el rostro de una mujer que va a mi lado en metro, mientras retira su abrigo de mí y yo creo que ha visto una cucaracha. Pero veo odio en sus ojos porque quiere que lo vea, porque quiere que me entere, de la única manera en que puede enterarse una niña, de que en su mundo no hay sitio para alguien como yo. Si yo fuera mayor, probablemente me habría reído, o habría refunfuñado, o me habría sentido dolida al comprender lo que pasaba. Pero tengo cinco años. Lo veo, me consta, pero no sé nombrarlo, de manera que la experiencia queda incompleta. No es dolor; se convierte en sufrimiento.




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