miércoles, 24 de mayo de 2017

El Estado del disimulo José Ignacio Cabrujas

En 1783, nació en Caracas, un genio inimitable, un extraterrestre insuperable, una especie de carambola cósmica. La historia de Simón Bolívar, la que aparece en sus documentos, en sus cartas, en sus manifiestos, en sus consideraciones sobre la política de los primeros años del siglo XIX, no tiene nada que ver con ese semi-Dios inventado, fertilizado y a veces censurado por la Sociedad Bolivariana. Desde luego, el culto a Bolívar, la sacralización del Padre de la Patria, no es una potestad única de la Sociedad Bolivariana. Desde Guzmán Blanco para acá, no ha habido un presidente de Venezuela que no haya citado a nuestro gran personaje a la hora de cometer cualquier arbitrariedad. El
pensamiento de Bolívar es romántico y por lo tanto febril y tormentoso, repleto de humores,
indignaciones, exaltaciones, tormentos y alucinaciones, como las sinfonías de Beethoven o las
extravagancias de Lord Byron. De hecho, quienes conocieron de cerca a Bolívar nos lo
describen como un hombre pintoresco, escénico, amigo de los coups de theatre, erotómano e
inestable. De allí que sus acciones en el campo político presentan claras contradicciones, malos
humores, depresiones y cuanto “ego” puede haber en este mundo, características todas estas
que lo hacen ser un hijo de su tiempo. Este hombre intuye en Europa una visión americana. Él
tiene el paisaje. Europa le aporta una ideología, o dicho más rigurosamente, una inquietud
ideológica. Su pasión, la misma que le llevó a inventar sombreros a París o a jugar naipes como
un libertino desaforado, lo induce a afirmar que Napoleón Bonaparte es un traidor, que ha
cambiado la casaca republicana por ese manto de armiño y ese oropel de pedrería que aparece
en el famoso cuadro de la coronación. Napoleón ha abandonado los principios esenciales de la
revolución francesa. Bolívar, atrapado en esa ira, merienda en el Monte Sacro de Roma, y allí, si
ha de creerle uno a la tormentosa memoria de Simón Rodríguez, nuestro Libertador habla del
Imperio Romano y de piedras seculares y de la Independencia de su tierra. Dicho de otra manera: Él va a enmendarle la plana a Napoleón. Él va a hacer lo que Napoleón no hizo. Él va a vivir un drama masónico, el sueño de los “freres” y todo eso, en Güiria o en Ocumare o en Puerto Cabello. La construcción de la obra es la construcción de él mismo. Él es su obra. Terminada la acción donde este caraqueño se desempeña con impresionante y hasta neurótica tenacidad, Bolívar pierde el rumbo y se convierte en un hombre incómodo.


El concepto de Estado es simplemente un “truco legal” que justifica formalmente apetencias,
arbitrariedades y demás formas del “me da la gana”. Estado es lo que yo, como caudillo, como
simple hombre de poder, determino que sea Estado. Ley es lo que yo determino que es Ley.
Con las variantes del caso, creo que así se ha comportado el Estado venezolano, desde los
tiempos de Francisco Fajardo hasta la actual presidencia del doctor Jaime Lusinchi. El país tuvo
siempre una visión precaria de sus instituciones porque, en el fondo, Venezuela es un país
provisional.

La historia nos habla de un país rico habitado por depredadores incapaces de otra nostalgia que no fuese el recuerdo de España. Se dice que nuestros indígenas eran tribus errantes que marchaban de un lugar a otro en busca de alimentos. Pero tan errantes como los indígenas fueron los españoles. Vivir fue casi siempre viajar y cuando el Sur comenzó a presentirse como el lugar del “oro prometido”, llámese Dorado o Potosí, Venezuela se convirtió en un sitio de paso donde quedarse significaba ser menos. Menos que Lima. Menos que Bogotá. Menos que el Cuzco. Menos que La Paz. Se instaló así un
concepto de ciudad campamento magistralmente descrito por Francisco Herrera Luque en una
de sus novelas.

En tiempos del doctor Caldera, yo trabajaba en el fallecido INCIBA y había allí una disposición mediante la cual no se podían efectuar órdenes de pago por encima de cinco mil bolívares. Un cheque por más de cinco mil bolívares tenía que ser sometido a revisiones, autorizaciones y otras tortuosidades que escapaban a la dinámica de ese gasto, casi siempre urgente. ¿Qué solución se encontró para burlar este principio, probablemente justo, probablemente necesario? Emitir varios cheques de cinco mil bolívares a la misma persona o a la misma entidad. Si era necesario gastar diez mil bolívares en una urgencia, se ordenaban dos cheques de cinco mil y todo el mundo en paz. No se trataba de un robo. Se
podría definir como una realidad paralela al ser apolíneo que es el Estado venezolano.

Es el precio de la confesión, o si se quiere, de la sinceridad. Creo que la sociedad venezolana, y
me refiero a la sociedad en el sentido de grupo humano que establece ciertos compromisos,
ciertos objetivos comunes, está basada en una mentira general, en un vivir postizo. Lo que me gusta no es legal. Lo que me gusta no es moral. Lo que me gusta no es conveniente. Lo que me
gusta es un error. Entonces, obligatoriamente tengo que mentir. No voy a renunciar a mis
apetencias, a mi “verdad”. Voy a disimularla. Voy a aparentar esto o lo otro, para así poder
esconderme, porque vivo en un país donde mis deseos no forman parte de la poesía, donde el
“culo de la alemana” o los 15 rones del atardecer no son “culturales”, donde la descripción que
se hace de mí en términos literarios, pictóricos, es decir, en términos “sublimes” pertenece a ese
edificio casi teologal que es el “deber ser”. ¿De dónde sacamos nuestras instituciones públicas?
¿De dónde sacamos nuestra noción de “Estado”? De un sombrero.


Vivir es defendernos del Estado. Defendernos de un patrón ético al que llamamos “Estado” y
que no es otra cosa que la traslación mecánica de un esquema europeo. Se aceptó la “moral” y
la “cívica”, como me las enseñaban en el bachillerato, cuando mi profesor en el Liceo Fermín
Toro me decía una cosa y el policía de la esquina me decía otra. Vivimos en una sociedad que
no ha podido escoger entre la “moral” y la “cívica”, hasta el sol de hoy, conceptos absolutamente
contrapuestos. Si soy “moral” no soy “cívico”. Y si soy “cívico”, ¿cómo diablos hago para ser
moral? El Estado venezolano, dicho así, con mayúsculas, no se parece a los venezolanos. El
Estado venezolano es una aspiración mítica de sus ciudadanos. El Presidente es presidente sólo
porque él dice que es presidente. Pero, en realidad, no es un presidente. Es una persona que
está allí, desempeñando una provisionalidad, mientras le encontramos su “lado flaco”, su rasero
de miserias cotidianas, su condición de “zángano” del panal. De allí que la función presidencial
no es entendida del todo por los ciudadanos. Casi todos nuestros compatriotas piensan
“honestamente” que el Presidente, sea quien sea, llámese como se llame, es un ladrón. O es
más o menos un ladrón. Si un hombre llega a Miraflores, es necesariamente “lógico” que se
dedique a robar. Si no lo hace, pertenece a la categoría de los “inexistentes”, al limbo del“paradigma”. Desde luego, no nos gusta que el Presidente robe. No nos gusta. Lo damos por
hecho. Puede ser que nos quejemos amargamente de la corrupción gubernamental, de tal o cual
pillo que se robe un dinero, pero la damos por hecho. “Todos los políticos son unos bandidos”.
“Todos los políticos son unos corruptos”. “Todos los políticos son unos ladrones”. Eso es lo que
realmente pensamos. El corrupto no es un ser excepcional. El corrupto es un ser lógico,
sostenido por una relación de causa y efecto. El corrupto es “la norma”. El hombre honesto o es
un pendejo o es simplemente una excepción lujosa.

La riqueza petrolera tuvo la fuerza de un mito. Mi padre hablaba de Filippo Gagliardi como los
norteamericanos hablaban de Henry Ford. Digo mal, porque la riqueza de Henry Ford es el
producto concreto de una inventiva y de una inmensa capacidad de trabajo. Pero Gagliardi en
los años de Pérez Jiménez llegó al sitio del “baúl de morocotas”. Llegó, según mi padre, con los
pantalones rotos. De hecho, tuvo que hacerse unos pantalones, nada menos que con la bandera
del barco y ahora, me parece estarlo oyendo, míralo, míralo a donde llegó.

Era un crecimiento que no dependía de nosotros. El mundo nos hacía crecer. La prosperidad norteamericana o europea nos hacía crecer. El nacionalismo egipcio nos hacía crecer. Las ambiciones árabes nos hacían crecer. Y de repente, ese crecimiento se detuvo. Hemos comenzado a vivir un déficit, y el presidente Lusinchi no ha podido soltar una balandronada de esas de, “ahora somos más ricos” o “estamos pensando regalarle un barco a Bolivia” o “vamos a prestarle dinero a los países pobres de Latinoamérica”, como alguna vez nos dijo Pérez Jiménez. Por el contrario, andamos ahora de lo más modestos y nuestra única soberbia es pagar puntualmente los intereses de la deuda externa y a
regañadientes un pedacito de capital. El gobierno tiene problemas y todo el mundo sabe que el
gobierno tiene problemas. Entonces nos ha empezado a interesar la suerte del gobierno.

No fue Pérez Jiménez un gobernante impopular. Fue simplemente un gobernante “apopular”. Derrocó el gobierno de Acción Democrática con un golpe frío sumamente aplaudido por la exigua clase media, por los socialcristianos y por la elite financiera. Acción Democrática se disolvió como un antiácido a
pesar de toda esa leyenda de oposición clandestina... heroica, precisamente por lo que tuvo de

individual, porque fue el enfrentamiento de una dictadura ante una pavorosa indiferencia general.

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