lunes, 5 de junio de 2017

Estética de los atroz

Se trata de un grabado a color de 1602 titulado “Pizarro suelta a los perros” en el que se puede ver un
grupo de indígenas siendo destrozados por varios perros, ante la mirada complaciente y placentera de los soldados españoles. El ritual es francamente aterrador si se tiene en cuenta los efectos que ha logrado generar en nuestra subjetividad. Un perro desfigura el rostro de un indígena, mientras otro destroza la garganta del siguiente nativo y un tercer animal devora los brazos del tercer esclavo. Esa costumbre aún se mantiene como forma de sometimiento y servidumbre. Desfigurar la otredad dejándola sin rostro, quitarle su voz ahogándola en sangre y dolor; y desmembrarla para que no sólo no se pueda movilizar, sino para que su comunidad quede paralizada de terror.

E n un bello trabajo sobre la crueldad, Ana Berezin (1998) se pregunta “¿cómo es que miles de hombres y mujeres reali- zan (ejecutan, apoyan o consienten) actos crueles, individual y colectivamente?, ¿Qué resorte de la subjetividad de cada uno de los que participan, se ha movilizado?, ¿Qué potencialidad latente se activa en lo más profundo de su ser y de su ser en los otros?”. (p. 18). Y de forma intuitiva ella misma se responde que no cree que esto obedezca al asalto de la maldad sobre nuestra siempre bondadosa naturaleza humana, sino que por el contrario, es el resultado de la forma como se han resuelto los conflictos individuales y sociales. Es decir, que no somos ni crueles ni bondadosos por naturaleza, sino que cada una de estas dimensiones se instituyen desde los dispositivos sociales
y políticos que gestionan la vida al interior de contextos históricos concretos. Lo que sí es cierto, es que las élites políticas pueden llegar a acostumbrar a toda una sociedad a la realización de la crueldad. Ya sea ordenándola, financiándola, ejecutándola, encubriéndola, tolerándola o consintiéndola. Es decir, que ciertas organizaciones sociales no se vuelven crueles porque sí, sino porque existen una serie de dispositivos de poder que las llevan a tal naturalización. Entendiendo, por supuesto, que no sólo en la guerra se produce la crueldad que desmantela física y psicológicamente, sino que esta se hace presente en las formas de organización política en las que –parafraseando a Martín-Baró - el «bienestar de unos pocos descansa sobre el malestar deshumanizado de muchos otros».

El ejército griego había salido para la conquista de Troya, pero en el camino se quedó paralizado, porque no había viento para seguir. Agamenón preguntó a la diosa Artemisa (Diana) por la razón y ella le comunicó que solamente habría viento de nuevo, si sacrificaba a su hija Ifigenia a la diosa. Agamenón hizo el cálculo que correspondía. Mandó a sacrificar a su hija. El sacrificio era útil, por tanto necesario. Mandó a los verdugos, pero Ifigenia se resistió. Maldijo a su padre, les grito asesinos a sus verdugos y pataleó con toda su fuerza hasta que la callaron dándole muerte en el altar de sacrificio...el texto deja claro lo que también entendía el público: era loca Ifigenia, Agamenón era el sensato. Toda la maquinaría de guerra estaba movilizada, no quedaba razonablemente otra salida
que la muerte de Ifigenia en el altar de sacrificio...desde el punto de vista del cálculo de utilidad, Ifigenia tenía que morir. Era útil su muerte y, por tanto, necesaria. Eso dice la sabiduría de este mun-
do. Es como dijo el general Massis, general de Argelia: la tortura es útil, por lo tanto es necesaria (Himkelammert, 2010, p. 29).


El imperativo se reflejó en las metáforas habituales de los regímenes militares en Brasil, Chile, Uruguay y Argentina: los eufemismos fascistas que hablaban de limpiar, barrer, erradicar y curar. En Brasil las detenciones de gente de izquierda se bautizaron con el código de Operaçao Limpieza. El día del golpe, Pinochet se refirió a Allende y su gobierno como «escoria que iba a arruinar el país». Un mes después se comprometió a «extirpar el mal de raíz de Chile», a conseguir una «depuración moral» de la patria, «purificada de los vicios y malos hábitos», un objetivo muy parecido al de Alfred Rosenberg, escritor del Tercer Reich, cuando exigía «una limpieza despiadada con una escoba de hierro (Klein, 2007, p. 144).

Lo mismo sucede con la influencia de la religión en la configuración del gusto por la muerte de la otredad. El papel de la fe en los procesos de sacralización de la violencia política en nuestro país ha sido muy fuerte. Los rituales de guerra que se practican sobre el cuerpo y la mente de las personas dan cuenta de un desplazamiento de nociones tan importantes como lo sagrado y lo profano. Para muchos jerarcas de la iglesia resulta sagrada la defensa a sangre y fuego de sus valores religiosos. Esa influencia religiosa en la configuración de una estética de lo atroz se puede advertir en versos como el del presbítero Manuel García Tejada (citado en Herrera, 2000), quien hacia el año de 1815 incitaba a la muerte física del libertador Simón Bolívar por considerarlo enemigo de la religión:

Bolívar, el cruel Nerón,
Este Herodes sin segundo,
Quiere arruinar este mundo
Y también la religión;
Salga todo chapetón,
Salga todo ciudadano,
Salga, en fin, el buen cristiano
A cumplir con su deber
Hasta que logremos ver
La muerte de este tirano.

Nótese como en este verso escrito por un líder religioso a comienzos del siglo XIX, a pocos años de iniciada la fase de consolidación de la revolución Bolivariana, ya se puede observar lo que se sería una mentalidad político-religiosa de tipo intransigente en la que se prefiere la muerte del otro distinto antes

que su aceptación. Si se tiene en cuenta que el escrito tiene una connotación religiosa que se adorna como una décima poética de la época. Allí podemos observar una de las raíces de la actual estética de lo atroz.

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