jueves, 27 de julio de 2017

liberen a Marìa

Si fuéramos algo más cautos, un poco más desconfiados, investigaríamos el origen
de hechos y costumbres que damos por buenos sólo porque nos han acostumbrado a
ellos desde niños, indagaríamos sobre el origen de la clase política antes de votarles o,
mejor aún, exigiríamos que nos consultaran antes de hacer las leyes que van a
condicionar nuestra vida: averiguaríamos cual fue el verdadero origen de cada guerra, el
de cada religión, y llegaríamos posiblemente a exigir que se nos permitiera gobernar
nuestra vida social, que diera la democracia un paso más, como ha hecho a lo largo de la
historia, exigiendo que se nos permitiera votar, mediante sistemas informáticos, las
leyes más importantes que nos gobiernan: declaraciones de guerra, presupuestos,
sueldos de los políticos, privilegios de la banca, etc.: media hora a la semana sería
suficiente. Tendríamos así en nuestras manos las herramientas necesarias para mejorar
el mundo con una efectividad que nos asombraría.
No debemos olvidar a un colectivo que apoyó en todo momento y con todos los medios
a su alcance la prohibición del cáñamo: la mafia americana, con todas sus diferentes
ramas. La razón no era otra que, tras haberse enriquecido desmesuradamente gracias a
la Ley Seca que prohibió el alcohol una década antes, quería una nueva materia ilegal
que diera lugar a un boyante mercado negro, como sucede siempre que se prohibe una
sustancia. El rotundo fracaso que había supuesto la Ley Seca, dejando a su paso cientos
de muertos y 200.000 ciegos por beber alcohol adulterado, no fue lección suficiente
para que la sociedad americana no cayera nuevamente en la trampa de un negocio muy
dañino socialmente, pero al mismo tiempo muy lucrativo para una minoría codiciosa y sin escrúpulos.
Los nefastos resultados sociales que tal prohibicion ha tenido es conocido de todos,
muriendo a diario decenas de personas en el mundo como resultado de la misma,
mientras las mafias de todo el mundo y las empresas farmacéuticas continuan haciendo
de esta tragedia social su sangriento negocio
Los enormes gastos de su prohibición y las consecuencias negativas de la misma las
pagamos todos los ciudadanos con nuestros impuestos, mientras algunas empresas
farmacéuticas, como Eli Lilly, de la que fue director George Bush padre, tienen el
multimillonario negocio de las patentes por la producción sintética de los principios
activos del cáñamo, principios que forman parte fundamental de muchas medicinas.
Este negocio se vendría abajo si esos compuestos químicos se obtuvieran de forma
natural de la planta en vez de sintetizarlos.
Pero somos ingenuos, absurdamente incautos, y a pesar de que hoy día tenemos todos
estos datos a nuestra disposición, sigue pesando más sobre todas las sociedades del
mundo el engaño a que sometieron a nuestros abuelos un grupo de sinvergüenzas
codiciosos hace apenas ocho décadas.



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